viernes, 21 de abril de 2017

Relaciones sociales - 1 Pedro 4:8

He aprendido que para quienes nos gusta cocinar, pero no sabemos hacerlo, o estamos aprendiendo, muy seguido nos excedemos con algún ingrediente, desde agua, apio o comino, hasta la sal.  Esto sin contar las veces cuando hemos cocinado el platillo de más, o cuando dejamos la comida medio cruda.  En casos como esos, y con la ayuda de alguien experto o con más experiencia, acudimos a ciertos trucos para ayudarnos a eliminar o reducir el daño causado.  Algunos de estos trucos es el uso de productos lácteos cuando la comida es muy picante, o también azúcar o miel.  O cuando ha quedado muy condimentada, se le puede acompañar con almidones, como arroz o pasta, según me dicen.  Todo para eliminar o disimular las imperfecciones o falta de experiencia del cocinero.

El apóstol Pedro hace uso de la misma lógica cuando dice: "ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados" (1 Pedro 4:8), dentro de una serie de consejos para aliviar las tensiones interpersonales y promover la cordialidad entre los creyentes.  Para la frase "porque el amor cubre infinidad de pecados,” otras versiones un poco menos literales y más ajustadas a nuestro idioma actual dicen: "porque el amor perdona muchos pecados" (DHH), "porque el amor borra los pecados" (TLA), "porque el amor es capaz de perdonar muchas ofensas" (PDT).

Evidentemente para el Apóstol Pedro, sí hay un ingrediente que ayuda a eliminar, o minimizar los defectos de los individuos en su interacción ya sea a nivel matrimonial, familiar, académico y/o laboral.  Entonces el secreto para la unidad, o la cooperación no descansa en la ausencia de defectos de sus componentes, sino en la medida que el amor forme parte de tal interacción.  Somos humanos, por definición somos imperfectos; hemos recibido una herencia con tendencia al egoísmo y a la rebelión.  Además, cargamos con los genes de nuestros padres, como también lesiones físicas y emocionales que nos llevan a actuar en forma destructiva, eso sin incluir la influencia de nuestro entorno sociocultural, económico, político y religioso.  Es mucho lo que cargamos sobre nuestros hombros como para suponer que el secreto es dejar de ser humanos.  Antes bien, Pedro reconoce nuestras deficiencias naturales y, sin condenarlas, nos da un ingrediente que las neutraliza.

La Palabra que el apóstol Pedro utiliza es ágape, una de las cuantas palabras que en español hemos traducido como amor, pero la que encierra la mayor cantidad de altruismo, en contraposición del egoísmo.  El amor con el que Dios nos amó tanto, que envío a Jesucristo para que quienes creamos tengamos vida eterna (Juan 3:16).  El apóstol indica: "ámense intensamente los unos a los otros."  Cumplir con éste pedido es antinatural para nosotros, tal vez por eso Pedro indica "intensamente" (ekteíno), que también puede traducirse como fervientemente, constantemente, intencionalmente, sin cesar.  Evidentemente, requerimos tomar una decisión consciente, de adoptar una perspectiva que desafía nuestras tendencias, para amar a aquellos con quienes interactuamos y así, haciendo ellos lo mismo, soportarnos mutuamente nuestras imperfecciones.

Si ponemos atención, la dinámica es bastante clara: amo para disminuir mi percepción de las deficiencias de los demás, y los demás me aman para cubrir o soportar mis deficiencias.  Como cuando un joven y una joven se enamoran, indicando el uno que el otro es "perfecto"...  Obviamente no lo es, pero el amor le hace descartar o ignorar sus defectos y resaltar sus virtudes.  Situación contraria meses o años después, cuando el amor se acaba, y donde ahora se descartan e ignoran las virtudes para resaltar y acentuar los defectos.


Más allá, sin embargo, del beneficio temporal y terrenal en nuestras interacciones interpersonales, el adoptar éste consejo divinamente inspirado nos llevará a elevar nuestra existencia para ponernos a disposición y vulnerables a la intervención divina quien trabaja intensamente para transformarnos y ayudarnos a incorporar y asimilar en nuestras vidas la cultura del reino de Dios, la cultura celestial, pues "Dios es amor" (1 Juan 4:8), y el que comenzó en nosotros "la buena obra," la estará perfeccionado cada día, de acuerdo a nuestra disponibilidad, hasta culminarla definitivamente en "el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6).

viernes, 14 de abril de 2017

Ser - 1 Pedro 2

Un viernes de tarde, del otoño de 1996, jugaba con mis compañeros de universidad un partido de fútbol.  Por lo que me cuentan, en ese partido de fútbol, que no recuerdo contra quién jugábamos, me tocó jugar de delantero.  Para serte sincero, de ese día, y de ese insistente en particular, sólo tengo pocas y breves escenas, por lo que la mayoría de lo que te voy a relatar es la recopilación de lo que otros me han contado.  Según me cuentan, un compañero hizo un centro al área y yo corrí a tratar de cabecear.  El portero del equipo contrario también fue por el balón lo que provocó que ambos chocáramos.  Por el choque, caí de espaldas y evidentemente golpeé la cabeza con el suelo.  Dicen mis compañeros que me levanté del suelo, me sacudí, e hice por seguir jugando.  Sin embargo, de tanto en tanto, me acercaba a uno de mis primos, que también estaba en mi equipo, para preguntarle datos básicos del juego, tales como: contra quién estábamos jugando y si estábamos ganando.  Cuenta mi primo que cada minuto o dos me acercaba a él para hacerle la misma pregunta, hasta que después de unas cuantas veces creyó mejor sacarme del juego y llevarme a casa, donde me metí a bañar, y como había perdido la memoria a corto plazo, como en la película de Buscando a Dory (Finding Dory), me lavé la cabeza una y otra vez hasta que me acabé el shampoo.  Una vez bañando, me llevaron a mi cuarto para que descansara y fuese atendido.

La razón por la que te relato esta experiencia es por el impacto que, según me cuentan, causó en mi cuando comencé a recuperar la memoria, de lo que sólo tengo breves destellos, como cuando mi abuela entró al cuarto para ponerme alcohol en la frente, o cuando entraron a mi cuarto algunos primos para visitarme.  Me cuenta mi hermana que cuando comencé a despertar, quienes estaban en el cuarto comenzaron a hacerme preguntas, mi hermano para reírse, y los demás, supongo, para ayudarme a recuperar la memoria.  Entre risillas comenzó a describir las diferentes reacciones cuando redescubrí quién era, mi nombre, que me encontraba en el cuarto año de teología, que tenía una novia, que estaba aprendiendo hebreo y que era el director del club de Guías Mayores Na'ar Shalem.  Ante cada descubrimiento hacía una exclamación de incredulidad, jocosa para quienes estaban presentes, para luego quedarme por un momento callado, como tratando de registrar la información, impresionado por quien era.

Cuando leemos el segundo capítulo de su primera carta, Pedro pareciera hacer mucho énfasis en que sus lectores recuperen la memoria y recuerden que “son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9).  La versión Dios Habla Hoy traduce el texto de la siguiente manera: “Pero ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios.”  Pedro quiere que su audiencia, que por designación divina ahora también nos incluye a nosotros, encuentre sentido a su existencia que les lleve a entender cuál es su misión, pues ¿cómo saber el propósito de nuestra vida cuando no sabemos quiénes somos?

Cuando leemos completo el versículo previamente citado, encontramos que “ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable,” de donde personalmente rescato dos palabras: “son” y “para”, un verbo y una preposición.  Evidentemente no son las palabras ricas en significado y románticas en comparación con las demás que están en el versículo, sin embargo, son las que le dan sentido.  La primera nos introduce a nuestra identidad, la segunda a nuestra razón de ser, pues para hacer (“para”) debemos primero ser (“son”).

Sí, tenemos una misión, que solamente identificamos y comprendemos cuando entendemos quiénes somos.  Sin embargo, y de acuerdo a lo que extraigo de la carta de Pedro, para verdaderamente ser, debemos también dejar de ser.  Permíteme te explico.  Este capítulo comienza de la siguiente manera: “Por lo tanto, desechen toda clase de maldad, todo engaño e hipocresía, envidias y toda clase de calumnia” (v1), y añade más adelante: “Antes, ustedes no eran un pueblo; ¡pero ahora son el pueblo de Dios!” (v10), y después: “les ruego que se aparten de los deseos pecaminosos que batallan contra el alma.  Mantengan una buena conducta” (vv11-12), “muéstrense respetuosos de toda institución humana… Respeten a todos” (vv13,17).  Y termina diciendo: “Porque ustedes eran como ovejas descarriadas, pero ahora se han vuelto al Pastor que cuida de sus vidas” (v25).  Una y otra vez Pedro insiste en redefinir quienes somos contrastándolo con lo que éramos y con lo que no debemos ser.

Obviamente, hay una lucha interna, pues no podemos negar nuestra naturaleza humana donde heredamos una constante tendencia al egoísmo y a la rebelión.  Por eso, para alimentar nuestro nuevo ser, para fortalecer nuestra nueva identidad, Pedro nos recomienda: “Busquen, como los niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos” (v2), “Acérquense a él, a la piedra viva” (v4), pues Jesucristo “llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados.”

Así, y con la ayuda de la deidad completa, para hacer, debemos primero ser.  Y para verdaderamente ser, debemos primero dejar de ser.

martes, 11 de abril de 2017

Una herencia - 1 Pedro 1

¿Cuántas veces no he sido cuestionado el día siguiente, ya sea por mi esposa o mis hijos, por haber comido algo la noche anterior, al llegar tarde a casa, y que no era para mí?  Tal vez para una comida en la iglesia, o una fiesta en el salón de mis hijos quienes, ahora, tendrán que llevar una caja incompleta de galletas.  En ocasiones en casa, e identificándome como una potencial amenaza, se hacen aclaraciones audibles indicando para cuándo y para quién es el postre, varias veces llegando al extremo de etiquetarlos con tinta roja: “no tocar”.  Así, quedo oficialmente informado para qué, para cuándo y para quién está reservado el pastel.

Al leer y estudiar las Escrituras, hacemos bien en averiguar y mantener en mente quién escribió ese pasaje, cuándo lo escribió, por qué lo escribió y para quién lo escribió.  Ejercer ésta dinámica nos lleva a buscar la honestidad con las intenciones de su autor, y nos ayuda a mejor acertar en las aplicaciones en el contexto en que nos encontramos hoy.  Bien dice el dicho: “un texto fuera de contexto es un pretexto,” razón del surgimiento y propagación de tendencias, enseñanzas y doctrinas que pretenden ser de origen bíblico, pero que son el resultado de las predisposiciones del ser humano y que históricamente han dañado el desarrollo no sólo social y científico, sino que han perjudicado nuestra percepción y entendimiento del amor de Dios y su plan para salvarnos.

En el caso de Pedro, él mismo nos evita el trabajo de investigar quién, y para quién escribió sus cartas.  Comenzando con las primeras palabras nos dice: “Pedro, apóstol de Jesucristo” (1 Pedro 1:1).  Es Pedro quien escribe, reconociendo y anunciándonos con la autorización con la que escribe, la cual ha sido investida por Jesucristo mismo.  Por algunas referencias que sugieren tiempo y lugar, se ha llegado a la conclusión de que probablemente escribió desde Roma en la primera mitad de la década de los sesentas del primer siglo de nuestra era.  ¿Los destinatarios?, cristianos en Turquía.

Al describir a sus destinatarios, Pedro indica que son “elegidos” (1 Pedro 1:2), ya predispuesto por Dios, y limpiados por el Espíritu Santo.  Una colaboración conjunta y ejecución coordinada por la deidad donde somos elegidos porque hemos sido santificados, y santificados porque hemos sido elegidos.  Dios justificando sus acciones predeterminadas: “los elijo porque son santos, y los santifico porque son elegidos.”  ¿Para qué?: “para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo,” concluyendo con un deseo de bienestar mental, emocional, espiritual a través de la “gracia y paz”.

Una lectura superficial, fuera del contexto bíblico, podría llevarnos a la conclusión de que la Biblia, en este caso Pedro, enseña la predestinación, pues claramente Pedro escribe: “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre.”  Sin embargo, al revisar el contexto de las cartas del apóstol y el resto del contexto bíblico encontramos que Dios elige a todos para salvación (1 Timoteo 2:4), aunque evidentemente tenemos la libertad y derecho de deselegirnos.  Encontramos, además, que Dios desea que todos se arrepientan y que ninguno se pierda (2 Pedro 3:9).  Así, la opción de creer es para todos, como también la vida eterna (Juan 3:16), pues el deseo de Dios no es la muerte del malo, sino su restitución (Ezequiel 33:11).

No son invenciones de Pedro, no es que ha tenido un momento de clarividencia y se le ha ocurrido una gran idea de cómo filosofar la vida para tener un mejor entendimiento de ella, especialmente cuando nos encontramos en situaciones adversas.  Para quienes nos toca vivir un mundo donde estamos en contante exposición al dolor y la injusticia, Pedro nos recuerda que la fuente de donde ha extraído sus propuestas es serio y sólido, pues quienes las escribieron inquirieron, indagaron, escudriñando (1 Pedro 1:10-11).  Así, las realidades adversas de la vida en nuestro camino a la salvación son soportables a medida que creamos la versión que las Escrituras tienen de nuestra identidad y nuestro destino.  Por eso, somos llamados a reaccionar y proceder con sobriedad, elevándonos del común, teniendo una singular perspectiva, interpretando la vida a través de los ojos de Dios (v13).

Ésta perspectiva de la vida deberá tener un efecto socio espiritual.  La purificación de la mente se logra a través de la obediencia a medida que vamos siendo educados en ésta fe, como iniciativa humana, y la labor constante e intencionada del Espíritu Santo, como aportación divina.  Así, la purificación de la mente permite y promueve el amor fraternal sincero.  No podemos separar el amor a Dios del amor al prójimo (1 Pedro 1:22).

viernes, 31 de marzo de 2017

Pedro

No se nos da mucha explicación.  Simplemente que "tuvo miedo"; una emoción primaria muy humana como respuesta vital a un peligro inminente, real o supuesto, que atenta contra nuestra integridad física o emocional, y juzgando por el relato, Pedro tenía suficiente evidencia para justificarlo pues era un “fuerte viento,” que además era contrario y azotaba a la barca (Mateo 14:24,30).  Pero era Pedro, el líder, columna del movimiento cristiano, el portavoz de los discípulos, que aunque impulsivo, era de sentimientos nobles.

¿Recuerdas cuando Jesús le indicó: “echad vuestras redes para pescar,” después de que Pedro lo hubiese intentado toda la noche sin éxito?  Sí, Pedro era de sentimientos nobles: “toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado; pero en tu palabra echaré la red” (Lucas 5:4-5).  O cuando categóricamente contesta a Jesús: “tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16), indicando que él no pertenece a un movimiento más, sino a el movimiento que, aunque aún no comprende del todo, cumple con las profecías mesiánicas.  ¿Y ante la inminente adversidad?: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte” (Lucas 22:33).

Pero fue Pedro quien pide a Jesús: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (Mateo 14:28).  Evidentemente la tormenta y el miedo no fueron factor por un momento en la historia.  Mateo nos cuenta que Pedro descendió de la barca y “andaba sobre las aguas para ir a Jesús” (v29).  Parece no tener miedo, parece ignorar la tormenta.  Sin embargo, de repente, sin previo aviso, el viento y las olas, que previamente habían sido irrelevantes, se convierten en relevantes, inclusive por encima de la Palabra de Jesucristo y “tuvo miedo”, como cuando quiso convencer a Jesús en contra del cumplimiento de su misión (Mateo 16:23), o como cuando lo negó tres veces (Lucas 22:54-62). o como cuando se intimidó ante los judíos llevándolo a despreciar a los gentiles (Gálatas 2:14).


En el mismo versículo, donde Mateo nos cuenta que Pedro tuvo miedo, también nos cuenta que Pedro “dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!”  Acto seguido “Jesús, extendiendo la mano” (Mateo 14:30-31).  El texto no discute el deber ser de Pedro, sino que simplemente lo reconoce como humano y la inmediata respuesta de Jesucristo ante su pedido de ayuda.  Dos versículos que parecen indicar la vida completa de Pedro, y, tal vez, un formato que todos podemos seguir, como Juan escribió: “estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo” (1 Juan 2:1).