viernes, 27 de febrero de 2015

Palabras de #verdad, #Proverbios 22-24

Al tratar de convencer a alguien de algo o al dar un consejo, hacemos uso de por lo menos dos tipos de información: aquella más individualizada que parte de argumentos basados en valores, principios, creencias y/o fe de una determinada sociedad, grupo u organización, y aquella menos personal que utiliza como argumento hechos que han sido observados y comprobados y que no dependen necesariamente de puntos de vista particulares. Salomón pareciera recordar a sus aconsejados que él ha utilizado ambas, "consejos y en ciencia" (Proverbios 22:20), términos hebreos que también podrían traducirse como deliberación, consulta conjunta, y conocimiento y sabiduría. Y sin embargo, para el desarrollo apropiado del carácter, aún no es suficiente. El aconsejado debe tener una disposición activa a escuchar y ejecutar el consejo; "Inclina tu oído y oye las palabras de los sabios, y aplica tu corazón a mi sabiduría" (Proverbios 22:17).

A diferencia de otros escenarios, el que Salomón describe en el libro de Proverbios claramente responde a leyes y autoridades superiores a las humanas. Sus consejos no se detienen en bienestar y prosperidad, sino que reconocen la responsabilidad del ser humano de responder a Dios aún cuando las leyes humanas nos justifiquen. En la lucha por sobrevivir y "prosperar", la codicia nos lleva a considerar métodos que generalmente atentan contra la integridad nuestra y la de aquellos que carecen de recursos para defenderse (Proverbios 23:17 y 24:19-20). Por eso Salomón insiste: "Jehová juzgará la causa de ellos, y despojará el alma de aquellos que los despojaren" (Proverbios 22:23). Pero aún aquí, en declaraciones tan amenazantes como ésta se asoma la misericordia divina.

¿Recuerdas el caso del Rey David? 2 de Samuel 11 y 12 describen la acción deshonesta y vergonzosa de David, junto con el regaño recibido por parte del profeta Natán. Sí, David se aprovechó del pobre, sacó ventaja de su posición y, codiciando la mujer del prójimo, cometió adulterio y después homicidio, para cubrir sus acciones. Sí, "Jehová juzgará la causa de ellos", y "para el malo no habrá buen fin" (Proverbios 24:20). Pero al considerar el completo de las Escrituras, cuando entremos al cielo, habrá un momento donde Urías, Betsabé y David se encontrarán... En 1 Reyes 14:8 Dios describe a David como quien "guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón, haciendo solamente lo recto delante de mis ojos." Sí, Dios vela por la integridad de los más indefensos, pero también perdona el alma arrepentida (Salmo 32 y 51). El concepto de justicia divina y salvación escapa la comprensión del ser humano.

Como se mencionó previamente, la codicia y autocomplacencia también nos llevan a atentar con contra nosotros mismos. Proverbios se detiene en el consumo de alcohol (Proverbios 23:29-35), y también hace referencia a la alimentación. Salomón nos indica que la comida puede ser mal utilizada tanto en términos fisiológicos como en el ámbito social (Proverbios 23:1-8).

Dios nos ha encomendado la tarea de instruir, para que nosotros seamos también instruidos. De acuerdo al cielo, tenemos la responsabilidad compartida en la salvación de nuestro prójimo (Proverbios 24:1). Aunque el Espíritu Santo es quien convence de pecado, y Jesucristo quien nos sustituye ante la ley, está en nosotros educar e instruir. Satanás ha pervertido ésta comisión y algunos la confunden con el uso descuidado de la información relacionada a nuestro prójimo, algo que Proverbios condena terminantemente (11:13, 20:19 y comparar Levítico 19:16). El trato con las deficiencias y pecados de los demás está ampliamente discutido en las Escrituras que sugieren un delicado equilibrio que nos lleva de la indiferencia a la pulcritud, del chisme a la intervención para restauración.

viernes, 20 de febrero de 2015

Palabras de #sabiduría #Proverbios 20-22

No sé si sucede con todos, pero supongo que la gran mayoría gusta de comprar productos buenos y baratos. Pero para ello, es necesario hacer algún tipo de investigación, pues todos los productos se presentan como los mejores y, considerando la supuesta calidad, como los más baratos. Ya sea que el producto sean autos, ropa, o tienda de abarrotes, todas dicen ser el mejor. Pero bien sabemos que esto no es así. Un par de años atrás, en casa se nos descompuso la aspiradora, y nos vimos en la necesidad de comprar una nueva. Al revisar las diferentes opciones que teníamos, y considerando nuestro presupuesto, encontramos que todas las marcas decían ser las mejores. Algunas muy baratas y otras muy caras, pero por la calidad del producto, decían, eran también muy baratas. Obviamente, no podíamos confiar sólo en la versión de esas compañías, así que acudimos al consejo de los consumidores. Como has de suponer, descubrimos que no todas las aspiradoras cumplían su promesa de ser la mejor, algunas, inclusive, eran de entre las peores.

Salomón dice que "muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará?" (Proverbios 20:6). No por que se enfatice el decir ser, significa que se es. Vivimos en un mundo donde más y más se le da énfasis a la apariencia por encima del contenido del carácter. Estamos constantemente expuestos a individuos cuya profesión es tan superficial, como los deportistas y celebridades que se dedican a entretener, pero que sin embargo tienen una fuerte y con frecuencia desmedida influencia sobre el orden de las prioridades en la opinión pública. Pero el consejo bíblico insiste: "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía el valiente, ni el rico en su riqueza", haciendo referencia en el valor que le ponemos a lo que sabemos, hacemos o tenemos, "mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra" (Jeremías 9:23-24).

Para hacer una correcta evaluación de quienes somos, y hacia dónde podemos llegar, debemos partir del reconocimiento de nuestra herencia de constante tendencia al mal. Salomón dice: "¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?" (Proverbios 20:9), pregunta que contesta en Proverbios 22:15, "La necedad está ligada en el corazón del muchacho." Otros textos en las escrituras dicen: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23), y "Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque" (Eclesiastés 7:20).

El propósito divino es comenzar un proceso de reversión en nosotros y nuestros hijos (Proverbios 22:6) que nos lleve al estado original en el cual fuimos creados que "vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera" (Génesis 1:31). Para ello, Jesús mismo marcó la dinámica de éste proceso cuando dijo: "Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos" (Marcos 9:35). Justamente aquello que socialmente consideramos irrelevante y hasta despreciable, es justamente la dinámica que revierte nuestra herencia. En la lección de Escuela Sabática encontramos la siguiente declaración: "El carácter de una persona no se mide tanto por la sabiduría o aun por su compromiso religioso sino, más bien, por su disposición de ayudar a los pobres y los necesitados... El samaritano que salvó a su prójimo está más cerca del Reino de Dios que el sacerdote piadoso (Luc. 10:26-37)." Salomón lo expresa así: "El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído" (Proverbios 21:13).

Para que una actitud anti egoísta y de servicio tenga sentido, debemos reconocer nuestra relación de procedencia con aquellos que nos rodean. En la declaración de independencia de los Estados Unidos se asegura que "todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables." El concepto de igualdad no puede proceder de una mente atea, sino del reconocimiento de un origen pensado y planeado, y con un propósito adjunto a nuestra vida. Salomón asegura que "El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová" (Proverbios 22:2). El trato o maltrato del prójimo es un trato o maltrato directo al Creador. Jesús dice que "en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25:40), y "todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas" (Mateo 7:12).

viernes, 13 de febrero de 2015

¿Cómo tratar con las peleas?, #Proverbios 17-19

Varios meses atrás terminé de ver una mini serie por televisión la cual me dejó con varios pensamientos, y me sirvió para la reflexión.  Quise saber si habría una siguiente temporada, por lo que me metí en Internet a investigar, y dentro de las muy pocas referencias al respecto, encontré una entrevista hecha al protagonista de la serie, que además era también el escritor.  Fue una entrevista no muy larga, menos de diez minutos, y dentro de las preguntas que le hicieron, fue justamente lo que yo quería saber.  ¿Habrá una siguiente temporada?  A lo que el escritor/actor contestó que aún lo había evaluado, pero que lo más seguro era que no.  Los entrevistadores le sugirieron, entonces, que considerara hacer una película y allí tratar y dejar definidos algunos elementos de la serie que habían quedado sin definir.  El escritor/actor lo pensó un par de segundos, y dijo que sí, que ya se lo habían sugerido, pero que debía dedicar tiempo a pensar bien en el argumento y así justificar la hora y media que duraría la película.  Más allá de la posibilidad de una siguiente temporada o una película, me impactó eso último que el escritor/actor había dicho, y recordé lo que en cierta ocasión me dijo el Ptr. Mario Collins, "No es lo mismo tener algo que decir, a tener que decir algo."

Muchos de los conflictos interpersonales a los que nos vemos expuestos son el resultado del mal uso de información y una pobre elección de palabras.  En mucho más de una ocasión hemos cedimos a la tentación de "tener que decir algo", cuando la Biblia, y el libro de Proverbios, nos han encomendado la delicada y fundamental responsabilidad de proteger la integridad y reputación de nuestro prójimo.  Mientras que el versículo 11 de Proverbios 17 nos recuerda de la importancia de controlar nuestra reacción a la ofensa, el versículo 9 nos advierte de las consecuencias de divulgar las faltas de los demás.  En el escenario de la vida en sociedad, ya sea en la iglesia o en el barrio, el manejo de información ajena no es algo que hacemos con el mayor de los cuidados o las más elevadas exigencias de ética.  Mientras tenemos la mutua responsabilidad de corrección y consejo (Proverbios 17:10 y 19:25), tenemos también definidos los parámetros para hacerlo (Mateo 18:15-18).

La Biblia presenta un caso registrado en Juan 8:1-11.  Dentro de las muchas lecciones que se pueden extraer de esta historia, hoy resalta el hecho de que los acusadores de la mujer adúltera tenían razón, "en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres" (v5).  El mandamiento es claro, "No cometerás adulterio" (Éxodo 20:14), y las consecuencias en la ley dada a través de Moisés eran fatales (Levítico 20:10 y Deuteronomio 22:22).  Jesús, sin embargo, aseguró, "ni yo te condeno; vete, y no peques más" (v11).  Aunque tradicionalmente suponemos que a quien se protegió en esta historia fue a la mujer adúltera, Jesús, manejando ética y prudentemente información privada, protegió también a los acusadores.  Como habrás ya notado, ni tú ni yo sabemos qué escribió Jesús "en tierra con el dedo" (Juan 8:6).  Suponemos que fue algo grave, pues los llevó a uno por uno abandonar la escena.  Eran tal vez pecados que también tenían que ver con el adulterio y que los condenaban a ser apedreados, por el contexto de la historia, y sin embargo, aún no sabemos qué escribió Jesús.  Porque el objetivo principal del cielo al establecer los parámetros del gobierno de Dios no es el de tratar "de condenar sino de salvar" (DTG 427).

En ésta dinámica de vivir en sociedad, no podemos permitir que lo que suponemos tenga más peso de lo que en realidad es.  Salomón nos dice que el "que responde palabras antes de oír, le es fatuidad y oprobio" (Proverbios 18:13), y "justo parece el primero que aboga su causa; pero viene el adversario, y le descubre" (Proverbios 18:17).  No es una realidad poco común la tediosa tarea de tomar el tiempo para aclarar versiones y reinstalar la verdad por sobre la suposición (Proverbios 18:6-8).  Por eso la validez de la advertencia de Jesucristo cuando dijo: "Mas yo os digo que toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.  Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado" (Mateo 12-36-37).

Consciente de nuestras deficiencias (Proverbios 19:9,28), Jesús nos dejó una estrategia para restringir y limitar el daño que podemos causar en nuestras relaciones interpersonales por el mal manejo de información, donde las diferencias, suposiciones y versiones se resuelven en el círculo más íntimo posible: "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.  Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.  Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.  De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo" (Mateo 18:15-18).

viernes, 6 de febrero de 2015

Lo que consigues no es lo que ves, #Proverbios 14-16

Por más que sintamos que hayamos avanzado en temas sociales, políticos, económicos, científicos o tecnológicos, como seres humanos aún seguimos limitados por el espacio y tiempo.  No estamos en condiciones de tener todo el conocimiento y toda la experiencia para tener una perspectiva correcta y absoluta de la vida.  Todo lo que nos sucede y experimentamos, es filtrado por nuestra cosmovisión, la cual es formada por la educación que recibimos, la cultura a la que fuimos expuestos, a las condiciones socioeconómicas donde nos desarrollamos, entre otras.  Por más que lo intente, jamás podré ver la vida y evaluar la experiencia tal y como tú lo haces.  El objetivo de estas previas deducciones no es para argumentar en favor del relativismo, donde dos personas pueden creer en forma opuesta sobre algo y al mismo tiempo ambos tener la verdad.  Antes bien, el ejercicio previo fue con la intención de reconocer nuestras limitantes y no excedernos en nuestra propia opinión, que puede producirnos dolor, sufrimiento e inclusive la pérdida de nuestra esperanza.  Salomón dijo: "Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 14:12).  Y aunque pensadores han asegurado, como Thomas Paine que dijo que "El arma más formidable en contra de cualquier tipo de error es la Razón..."  Sería fatuo suponer que nuestra razón incluye todos los argumentos existentes para asegurarnos un futuro próspero y feliz en éste mundo, y la bendita esperanza de la vida eterna.  Por eso, para discernir y discriminar entre la verdad y el error, se requiere aún más que los sentidos, la lógica y aún la razón.  En realidad, nuestra única plataforma firme y segura es Jesucristo: "Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Corintios 3:11), cuya palabra "permanece para siempre (1 Pedro 1:25; Isaías 40:8).

Proverbios 14 presenta algunas diferencias entre aquellos que son sabios (Proverbios 1:7), y aquellos que por confiar en su propia prudencia son llamados necios:  Mientras los necios habla con soberbia (v3), se burla de la sabiduría (vv6-9), es crédulo (v15), es impulsivo (vv16,19), y oprime a otros (vv21,31), el sabio habla con humildad (v3), valora el aprendizaje (vv6,18), es cauto (v15), es apacible y paciente (vv29,33), es compasivo y sensible (v21,31).

La conciencia de la presencia de Jehová nos ayuda a entender mejor nuestros derechos, libertades y privilegios.  En una era donde se en forma desmedida se enfatiza más los derechos que las responsabilidades, el temor a Jehová nos permite desarrollar una dinámica saludable de libertad y sujeción.  Salomón asegura que "Los ojos de Jehová está en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos" (Proverbios 15:3).  Fácil sería concluir que la labor de Dios consiste en vigilar a sus criaturas, pero al suponer esto, estaríamos reduciendo a Dios a nuestras propias tendencias e intenciones.  Quién de nosotros no ha sido multado por un policía que escondido en un callejón, o entre las sombras de los árboles nos sorprendió violando alguna ley de tráfico.  Ese podría ser el filtro utilizado para interpretar que los ojos de Jehová nos están "mirando".  Pero sería una falta de honestidad limitar nuestra interpretación de la labor de Dios sólo a nuestra razón, pues la Biblia también dice que Jehová es nuestro pastor, y que por eso nada nos faltará (Salmo 23:1).  Además dice que nos amó tanto, que dio a su hijo único para que todo aquel que en él cree, no se pierda sino que tenga vida eterna (Juan 3:16).  Sí, es cierto que la paga del pecado es muerte, pero también es cierto que el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6:23).  Porque somos finitos y limitados, la Biblia encausa nuestra razón, nos orienta a desarrollar un mejor entendimiento de Dios, y así permitirnos desarrollar una dinámica saludable que posibilite nuestra salvación.  Y es bajo el entendimiento de que la vigilancia divina se centra en nuestra salvación, cuando apreciamos el consejo divino en cuanto a la forma en que debemos reaccionar a la agresión (vv1,28), la actitud que debemos cultivar ante el consejo (vv5,22,32), la actitud que debemos tener hacia la vida (v13), y la verdadera prioridad que le debemos dar a las cosas (vv16,17), como también las intenciones al acercarnos a Dios (v8).

En esa sujeción saludable de la que habla y recomienda la Biblia es que aprendemos a balancear nuestra voluntad con la voluntad de Dios.  Salomón escribió que aunque "del hombre son las disposiciones del corazón", es en última instancia de Jehová "la respuesta de la lengua (Proverbios 16:1).  Seguimos recalcando las limitantes de tiempo y espacio que estamos sujetos todos los seres humanos.  Salomón quiere que reconozcamos quién es en realidad quien tiene el control.  Por eso insiste: "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu" (Proverbios 16:18).  Recuerdo en mis discusiones de adolescente con mi madre escuchar el argumento irrevocable "ten cuidado, porque no somos iguales," argumento que me ayudaba a entender quién en realidad era yo, y quien era mi madre.  Un ejercicio que resultó saludable en el respeto a la autoridad.  Salomón recalca lo mismo: "Mejor es humillar el espíritu con los humildes" (proverbios 16:19).  Así como el hijo adolescente desea liberarse, sin tener idea ni la capacidad de manejar esa libertad, así el ser humano que cuando intenta convencerse que no necesita a Dios.  Es cierto, y Salomón lo vuelve a recalcar, "Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 16:25).

viernes, 30 de enero de 2015

Las bendiciones de los justos, #Proverbios 10-13

Salomón es insistente. No escatima en argumentos para convencernos de que el deseo humano de saciedad se satisface sólo dentro de las fronteras del gobierno de Dios, pues "la memoria del justo será bendita" (Proverbios 10:7). Dedica tiempo a presentar los diferentes escenarios de las consecuencias que deberemos enfrentar como resultado de nuestras acciones. Se resalta la sabiduría, la justicia, la diligencia, la sensatez, y se contrasta con la necedad, la maldad, la codicia, la negligencia, la indignidad y la impiedad (Proverbios 10:1-7).

A pesar de nuestra inclinación de constante y probada tendencia al mal (Romanos 3:23), Salomón no nos disculpa, sino que insiste en que somos bastante responsables de lo que hoy vivimos, y grandemente influyentes de nuestro destino. Aunque no sea siempre perceptible en primera instancia, cada quien cosecha lo que sembró (Gálatas 6:7), pues "tarde o temprano, el malo será castigado; mas la descendencia de los justos será librada" (Proverbios 11:21). Siendo que hacer lo correcto es una inversión a largo plazo, mientras que lo incorrecto trae resultados inmediatos (Proverbios 12:19), Salomón nos invita a reconocer en humildad nuestras limitaciones (Proverbios 11:2; 13:10 y 16), y a ser receptivos y seguir la instrucción (Proverbios 11:14; 12:1 y 15).

Dentro de los diferentes elementos que marcan nuestro destino, Salomón le da mucha importancia a lo que decimos. Para él, las palabras tienen la virtud o el defecto de generar paz o provocar el conflicto, al tiempo que definen la moral de quien las dice. Al respecto tiene mucho que decir: "Manantial de vida es la boca del justo; pero violencia cubrirá la boca de los impíos" (Proverbios 10:11), "Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina... Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento" (Proverbios 12:19 y 22). Y es que en ésta dinámica de influencia mutua (Proverbios 13:20), tenemos también una responsabilidad mutua que nos permite asimilar los principios y valores del gobierno de Dios, demostrados a través del ministerio de Jesucristo. Hacer desviar la verdad y hacer errar al prójimo no es una falta liviana en los dominios divinos. Antes bien, es nuestra responsabilidad hacer uso de los diferentes recursos a los cuales tenemos acceso, siendo nuestras palabras uno de los más eficientes, para servir de guía a prójimo (Proverbios 12:26).

viernes, 23 de enero de 2015

#Sabiduría divina, #Proverbios 8 y 9


A través de muchos años y generaciones, hemos recopilado una serie de dichos y proverbios que identificamos como sabiduría popular.  A través de ellos buscamos ilustrar ciertas dinámicas de la vida y así marcar las fronteras dentro de las cuales tomamos cada una de nuestras decisiones.  Para explicar la importancia de elegir bien nuestras amistades decimos: “Dime con quién andas, y te diré quién eres.”  Para acentuar la importancia de cumplir a tiempo con nuestras responsabilidades decimos: “Al que madruga, Dios le ayuda.”  Para explicar la influencia de los padres en la personalidad y capacidad de los hijos decimos: “De tal palo, tal astilla.”  A estos dichos, y muchos más, los llamamos sabiduría popular.

Las Escrituras aseguran contener también sabiduría, aunque tal vez no tan popular, pero que sin embargo, nos pueden hacer sabios para la salvación (2 Timoteo 3:15).  Evidentemente, no es sabiduría que el ser humano ha desarrollado a través de la experiencia, fracasos y aciertos, sino que es una sabiduría que es superior y más antigua que el ser humano.  Haciendo hablar a la sabiduría, Salomón escribe: “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras… Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Proverbios 8:22 y 30).  Y mientras la sabiduría humana, debido a las limitaciones físicas, mentales y espirituales propias del ser humano, es relativa, como Pilato preguntó: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38), encontramos que la sabiduría divina es presentada como absoluta.  En Isaías Dios mismo dice: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo” (Isaías 45:5-6).  Cuando las Escrituras hablan de sabiduría, lo hacen en asociación directa con Dios, en quien se encuentra la verdad, por lo que la adquisición de la sabiduría es la asimilación de los principios del gobierno de Dios, la asimilación del carácter de Dios (Hebreos 8:10-12).

En Proverbios 8:4 y 31 encontramos: “Oh hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres… Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres.”  La sabiduría es descrita como activamente accesible a los seres humanos, y no como un bien exclusivo al alcance de algunos pocos (Santiago 1:5).  Es el discernimiento entre lo bueno y lo malo, junto con la capacidad de ejecutarlo (Proverbios 8:13), lo cual, asegura Salomón, tiene más valor y trascendencia que la acumulación de bienes materiales (Proverbios 8:10).  Es la sabiduría la herramienta primaria accesible a la mano del hombre que no sólo permite su supervivencia, sino que además, le proyecta para la vida eterna (Proverbios 8:33,35-36).

La única limitante en la adquisición de la sabiduría que, aunque no tan popular, sí es de salvación, es el mismo ser humano.  No importa si dice con amor o a gritos, meter la mano en la licuadora mientras ésta está andando, nos cortará los dedos (disculpen el ejemplo tan drástico).  El cómo se dice no manipula los hechos, sin embargo, somos tan delicados al consejo o reprensión que preferimos no seguirlos e inclusive, buscamos como desacreditar a quien nos dio el consejo.  Salomón experimentó esto por lo que dice: “Dejad las simplezas, y vivid, y andad por el camino de la inteligencia.  El que corrige al escarnecedor, se acarrea afrenta; el que reprende al impío, se atrae mancha. No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca” (Proverbios 9:6-8).  Sin embargo, el sabio es educable: “Corrige al sabio, y te amará. Da al sabio, y será más sabio; Enseña al justo, y aumentará su saber. El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Proverbios 9:8-10).

sábado, 17 de enero de 2015

Una cuestión de vida o muerte, Proverbios 6 y 7


Supongo que era un 9 de mayo por la noche, y tal vez habré tenido unos 8 ó 9 años de edad. En la parte de atrás de una camioneta, junto con nuestros profesores, fuimos de casa en casa interpretando el simple pero significativo repertorio, con las siempre expresiones de agradecimiento de cada una de nuestras madres. Recuerdo que habíamos terminado de catar en una casa y nos subimos de nuevo a la camioneta para dirigirnos a la siguiente casa. Tratando de hacerme el chistoso, ante la mirada incrédula de mis amigos, hice como que tocaría un cable de electricidad que colgaba no muy por encima de la camioneta cuando de repente sentí un fuerte jalón de cabellos que me dejó sentado, humilde. Uno de los profesores, al ver mi imprudencia, realizó una acción dramática, que seguramente no habría hecho en otras circunstancias, como por ejemplo, no traer la tarea. Pero en ese momento mi vida corrió peligro, y la acción del profesor correspondió a la ocasión.

Al leer Proverbios, por momentos, Salomón utiliza calificativos que podrían considerarse dramáticos, agresivos e inclusive ofensivos, tal vez como jalones de cabello, tales como, “...el hombre es reducido a un bocado de pan” (Proverbios 6:26), o “...como va el buey al degolladero, y como el necio a las prisiones para ser castigado” (Proverbios 7:22). A entender de Salomón, éste vocabulario es necesario pues es “camino de vida las reprensiones que te instruyen” (Proverbios 6:23). Asegura que la información que comparte no sólo posibilita la supervivencia sino que además nos proyecta al desarrollo óptimo de nuestras posibilidades (Proverbios 6:23), por lo que sugiere algunas estrategias utilizando lenguaje metafórico para ayudarnos a intencionalmente exponernos a la influencia de sus consejos, y poder así asimilarlos: “Átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello... Lígalos a tus dedos; escríbelos en la tabla de tu corazón” (Proverbios 6:21 y 7:3).

La segunda mitad del capítulo 6 y todo el capítulo 7 están dedicados a advertirnos de los peligros de exponernos a caer en adulterio. En los versículos 6 al 23 del capítulo 7 de Proverbios, Salomón pinta una ilustradora escena. En ella una mujer casada seduce magistralmente a un joven hasta hacerlo caer. Sus argumentos son irrefutables, y la oportunidad inmejorable. Y es que el pecado nunca se presentará como una mala idea. Pero, “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?” (Proverbios 6:27 y 28).

Salomón es insistente. Entiende los peligros de involucrarse en una relación tal y dice: “Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace” (Proverbios 6:32). No porque podamos razonarlo significa que podemos justificarlo. “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). Sorprende lo absoluto que es Salomón al describir las consecuencias del adulterio, por irresponsabilidad o ingenuidad: “su afrenta nunca será borrada... no perdonará en el día de la venganza. No aceptará ningún rescate, ni querrá perdonar... aun los más fuertes han sido muertos por ella. Camino al Seol es su casa, que conduce a las cámaras de la muerte” (Proverbios 6:33-35; 7:26 y 27).

Es mucho el riesgo que se corre y mucho lo que se pierde para lo poco que se gana.

viernes, 9 de enero de 2015

De los oídos a los pies, #Proverbios 4-6

Si no es que todos, la gran mayoría de nosotros hemos sido instruidos que somos únicos y especiales, y más de uno creció bajo la protección celosa de sus padres.  Salomón dice él también haber crecido bajo esas condiciones favorables, “yo también fui hijo de mi padre," dice, “delicado y único delante de mi madre" (Proverbios 4:3).  Sin embargo como él, tarde o temprano somos expuestos a la realidad de la vida, donde pasamos de ser hijos delicados a simple y bruscamente uno más.  Por eso la insistencia: "Oíd... estad atentos...  Retén... guárdalo... inclina tu oído."  Es la disposición a saber recibir y saber aplicar consejo la herramienta que nos capacita para hacerle frente con satisfacción a la vida.  Proverbios es un libro lleno de consejos pero que son completamente inútiles si se quedan en tinta y papel.  “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto" (Proverbios 4:18), mientras que los impíos en oscuridad “no saben en que tropiezan" (Proverbios 4:19).

Dentro de la serie de consejos y estrategias para hacerle frente a la vida, Salomón resalta “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).  Y es que una vez habiendo experimentado algo, ya no podemos desexperimentarlo, una vez que una información se registra en nuestra mente, nuestro corazón, ya no podemos desregistrarlo.  Aprendemos a vivir con esa información y experiencias y podemos encausarlas para mejorar nuestro presente y futuro, pero una vez vividas, no podemos desvivirlas.  Por eso advierte Salomón que aunque “los labios de la mujer extraña destilan miel… su fin es amargo como el ajenjo” (Proverbios 5:3 y 4).  Su llamado es dramático y urgente: “Aleja de ella tu camino, y no te acerques a la puerta de su casa” (Proverbios 5:8).  Pues mejor es alegrarse con la mujer de la juventud y saber satisfacernos con sus caricias (Proverbios 5:18 y 19).

Porque es importante mantenernos en curso, Salomón recomienda examinar la senda de nuestros pies (Proverbios 4:26 y 27), como una estrategia eficiente de autoevaluación, no a los estándares del vecino, los miembros de iglesia o los personajes de la televisión, sino a los parámetros establecidos en su palabra.  En el capítulo 6 de Proverbios, Salomón nos advierte en contra de la irresponsabilidad en el uso de nuestras palabras (vv1-5), la pereza (vv6-11) y las actitudes y prácticas que Jehová aborrece (vv12-19):
  • Aunque en los últimos 50 años se ha hecho un esfuerzo aplaudible en favor del respeto a los derechos individuales y civiles, tal vez no se ha hecho el mismo énfasis en las responsabilidades.  Aunque es cierto que hemos avanzado en relación a la libertad de expresión, debemos enfatizar la responsabilidad que esto conlleva.  Una vez comprometidos por lo que hemos dicho, queriendo o sin querer, estamos empeñados, enlazados, presos, muchas veces la única solución honrosa es la de la humildad para reconocer y reconciliar lo que hemos disturbado con nuestras palabras.
  • En relación a la hormiga, Salomón destaca que no requiere de motivadores externos para hacer lo que sabe que debe hacer.  La hormiga tiene, en este caso, dos virtudes: 1) Sabe lo que debe hacer, y 2) lo hace.
  • En la lista que Salomón hace de las características de los malos y depravados, en dos ocasiones apunta al individuo que “siembra discordia”.  No para que lo identifiquemos de entre quienes nos rodean, pues difícilmente lo podremos cambiar.  Sino más bien para asegurarnos que no somos nosotros quienes cumplimos con esa característica, esa definición.

jueves, 4 de diciembre de 2014

¡Llorad y aullad! - Santiago 5:1-6

Pocas cosas nos generan mayor molestia, frustración y rabia que sentir que hemos sido acusados o tratados en forma injusta. Y aunque hemos sido testigos de los grandes y costosos esfuerzos de individuos, organizaciones y gobiernos para disminuir y erradicar la injusticia de nuestra sociedad, al hacer una evaluación honesta del estado de actual de esta, encontramos que aún nos falta mucho para lograrlo, muchas más revoluciones, marchas, protestas, huelgas y legislaciones. Hierve la sangre cuando somos testigos de la opresión de compañías y aún gobiernos que haciendo uso de su influencia y poder para enriquecerse a costa de la desgracia e impotencia de otros. Sin temor a equivocarnos, bien podemos concluir que, tristemente, no seremos testigos de los ideales de equidad y prosperidad una vez predicados y difundidos por aquellos visionarios que dieron origen a nuestros países. La condición del ser humano debido a la intrusión del pecado, lo imposibilita para lograrlo. A los buenos les pasan cosas malas, y a los malos y corruptos parece que todo les va bien. Los extremos de la pobreza y el hambre, por un lado, y la riqueza y excesos por el otro, debido al ego, han probado ser irreconciliables. En labios de Israel: “Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon” (Malaquías 3:14-15).
Las buenas noticias es que llegará el día en que la lógica divina, de la que leemos en las Escrituras, cobrarán sentido. Santiago dice: “¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán” (Santiago 5:1). Aunque hay mucha injusticia en el mundo hoy, Dios ha prometido que llegará el día en que encontraremos la “...diferencia que hay entre el bueno y el malo, entre el que adora a Dios y el que no lo adora. ” (Malaquías 3:18, DHH). Por lo pronto, la advertencia ha sido proclamada: “Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros” (Santiago 5:2-3). El prosperar a costa de la integridad física y financiera de otros es gravemente condenado por el cielo. Santiago 5:4 y 6 asegura que: “He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos... Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia.
Es por momentos complejo conciliar las ideas de amor y misericordia con estos mensajes de juicio y castigo presentados por Santiago. Pero esto es cuando tratamos de entenderlas en forma independiente cuando esta discordia sucede, sin embargo estos mensajes forma parte de un solo paquete. El apóstol Juan cuestiona: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20). Por eso las palabras tan duras y punzantes de Santiago.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La humildad de la sabiduría divina - Santiago 3:13-4:10

Es evidente, habiendo leído hasta éste punto de la carta de Santiago, y habiendo sido expuestos a varias deficiencias de la naturaleza humana, y de las cuales también nosotros participamos, los que pertenecemos, de acuerdo a Pablo y demás autores del Nuevo Testamento, a las “doce tribus que están en la dispersión” (Santiago 1:1), que si hay algo que urgentemente necesitamos, es la capacidad de discernir y ejecutar entre lo justo e injusto.  Siendo honestos con nosotros mismos y a la luz de la santidad y justicia divina encontramos que nuestros argumentos para salvación no son más convincentes que “vestiduras viles” (Zacarías 3:3) y “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6).  Por eso el llamado de Santiago: “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:10).
Sin embargo, por más hermoso, lógico y romántico que suene el llamado, debemos reconocer que es un llamado que va completamente en contra de nuestra lógica y naturaleza humana, pues si nos humillamos para ser exaltados, ya allí nuestra humildad deja de ser genuina y se convierte en inservible, simplemente un disfraz más de nuestro egoísmo.  Es por eso que las Escrituras son tan insistentes en nuestra condición: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10), y “aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jeremías 2:22), y “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 2:4).  El único camino que permite una humillación genuina es el reconocimiento de nuestra indignidad, pues la verdadera sabiduría entiende sus límites (Santiago 3:13), encontraste con la ignorancia que es temeraria.
Hay una marcada diferencia entre nuestra sabiduría y la celestial, la cual radica básicamente en la presencia o ausencia de egoísmo, que de acuerdo a Santiago es un rasgo simplista, animal y diabólico, pues “donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Santiago 2:15-16).  Por otro lado, Santiago asegura que “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.  Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:17-18).
Es fascinante analizar la oferta del cielo para solución de nuestros conflictos y purificación de nuestros corazones, pues es completamente opuesta a nuestras evidentes conclusiones, dice Santiago: “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.  Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:2-3), con razón, desde lo personal hasta lo étnico y político, las guerras y conflictos vienen de nuestras pasiones, de nuestras tendencias naturales heredadas por el pecado.  Reconocemos, pues, que el ego, siendo el motor natural de nuestras intenciones y acciones, es también el padre de todos nuestros defectos, que motiva una constante pero infructuosa búsqueda de la satisfacción, relevancia y trascendencia en nuestras vidas.
Debemos luchar con la constante tentación de dividir nuestra lealtad, pues “la amistad del mundo es enemistad contra Dios” (Santiago 4:4).  En sí, el mayor obstáculo que debemos superar para recibir la sabiduría celestial y divina somos nosotros mismos.  Por eso, Santiago aconseja, “someteos, pues, a Dios”, para entonces poder “resistir al diablo” (Santiago 4:7), en ese orden.
No son muchas las opciones con las que contamos, en realidad sólo hay una.  No es la que mejor, ni la que se adapta a nuestras exigencias, sino que más bien nos saca de nuestra zona de conforte y nos confronta: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.  Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza.  Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:8-10).