jueves, 2 de noviembre de 2017

La investigación

La desobediencia de nuestros primeros padres desencadena y nos hereda una serie de consecuencias siendo una de ellas la entrega de nuestra voluntad (1 Juan 3:8; Juan 8:44) y nuestra capacidad de discernimiento (Gén. 6:5; Jon. 4:11) al enemigo de Dios.  Desde entonces, nuestros pensamientos e ideas son imprecisas y partidarias generando lógicas, actitudes y comportamientos que comprometen y pervierten nuestra libertad e integridad (Mat. 15:3; Gén. 11:4).  Por eso Dios, en su Palabra, insiste en la importancia de que el ser humano se disponga a una dinámica de búsqueda, investigación y experimentación que lo lleve a un conocimiento personal de la verdad (Juan 8:32; White, 1946) y lo proyecte de una vida de mera supervivencia a una vida de trascendencia (Salmo 119:105; Juan 3:16).  Es necesario, entonces, que nos despojamos de presuposiciones ignorantes que limitan y obstaculizan un entendimiento apropiado y saludable de Dios (White, 1989) y un servicio inteligente y eficiente a él y a nuestros semejantes (White, 1971).  Jesucristo dijo que él había venido no sólo para que tuviésemos vida, sino para que la tuviésemos en abundancia (Juan 10:10).
Aunque se pueden tener razone egoístas, la investigación que proponen las Escrituras es siempre con la intención de amar a Dios y al prójimo con todo lo que esto conlleve (Prov. 1:7; Mat. 22:37-40).  Dándosenos ejemplos de tipos de investigación (Taylor, 2015), el objetivo de Dios es que nuestras capacidades y conocimientos sean utilizados siempre para “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efe. 4:12).
Siendo que los “criterios seculares” para definir lo que es verdad no garantizan “que algo sea verdad” (Taylor, 2015), Dios indica: “¡A la ley y al testimonio! Si no dicen conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:20), poniendo a las Escrituras como un punto sólido de referencia, y Jesucristo añadiendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6), como la personificación de la verdad y, a diferencia del razonamiento humano (Canale, 2011), planteándosenos absolutos: “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Efe. 4:5).
Antes que un limitador, la Biblia nos ofrece un fundamento apropiado para el aprendizaje, e investigación, de todas las disciplinas (Cafferky, 2017), pues “como medio de educación intelectual, la Biblia es más eficaz que cualquier otro libro o que todos los demás libros juntos” (White, 2009: 112).  En ningún momento Dios se ha mostrado pasivo en generar condiciones apropiadas para la investigación (Heb. 1:1-2; White, 1946) y es nuestra responsabilidad y privilegio internarnos en su estudio pues “Dios no domina nuestras mentes sin nuestro consentimiento” (White, 1955: 233).
Porque el tener los datos correctos no son garantía de llegar a las conclusiones correctas (Juan 5:39-40), Dios le ofreció a Josué una especia de fórmula que sumado a su influencia lo llevaría de la ignorancia y confusión a un entendimiento claro y un proceder correcto (Jos. 1:8).  El primer elemento es traducido por algunas versiones como: “Estudia este Libro de Instrucción constantemente,” (NLT) haciendo referencia a la Biblia.  A tal estudio, la indicación añade que el investigador deberá dedicar tiempo a la meditación y reflexión, para entonces hacer las aplicaciones apropiadas y necesarias.

Referencias

Cafferky, M.  (2017).  Scriptural foundations for academic disciplines: A biblical theme approach.  En The journal of Adventist Education, 1.  Recuperado de: https://jae.adventist.org/en/2017.1.4
Canale, F.  (2011).  ¿Epistemología bíblica para la investigación adventista? Una propuesta de trabajo.  En Revista Apuntes Universitarios, 1(1), 119-141.  doi: http://dx.doi.org/10.17162/au.v0i1.10.g265
Taylor, J. W.  (2015, Febrero 6).  Fundamento bíblico para la investigación [Video file].  Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=DlqCqfHB5oc&t=7s
White, E.  (1946).  Counsels to writers and editors.  Nashville, TN: Southern Publishing Association.
White, E.  (1955).  El deseado de todas las gentes.  Pacific Press.
White, E.  (1971).  Consejo para los maestros.  Pacific Press.
White, E.  (1989).  Consejos sobre la salud.  APIA.

White, E.  (2009).  La educación.  APIA.

viernes, 13 de octubre de 2017

La naturaleza humana

De acuerdo a sus pretensiones, la educación adventista sugiere una dinámica de mayor ambición que cualquier otra definición o corriente filosófica.  Mientras el énfasis de algunos es la disciplina, otros se enfocan en el corazón, el pensamiento independiente, los valores, competencias, el conocimiento, la sociedad, la economía entre muchas otras opiniones.  Sin ignorar los elementos antes presentados, la educación adventista promete no solo preparar al individuo para desarrollar una vida de servicio desinteresado en favor de sus iguales sino además lo dispone a optar por el proceso de redención (White, 1971; White, 2009).  Sin embargo, y para que esto sea posible, es necesario primero definir y entender la condición del educando, su naturaleza, refiriéndonos a sus características prenatales, disposición interna o tendencias heredadas que comparte todo ser humano.
Aunque hay evidentes destellos que harían pensar que el núcleo de la naturaleza humana es bueno y sólo hay que generar las condiciones para su florecimiento, esto debido a su concepción divina (Gén. 1:26-28), son también evidentes los rasgos de auto corrupción y tensión interna entre autosatisfacción y moralidad mientras se somete, consciente o inconscientemente, a un proceso de autoevaluación (Rom. 7:14-20; Grigg, 2017, Martin, 2016; cf. Gurevich, 2013).
Siendo que nuestra existencia tiene su origen en la imagen de Dios, y es sostenida por una constante interacción entre ambos (White, 2007), ha sido el objetivo de Satanás no sólo ser el sustituto en esa interacción (1 Juan 3:8), sino además borrar por completo tal imagen en la moral de todo ser humano (White, 2001).  De esta forma, al ceder a las presiones de rebelión, el ser humano se expuso a pensamientos, prácticas y emociones, sin opción a des experimentarlas, y que lo han llevado a actitudes y prácticas de autodestrucción (Gén. 3; Rom. 5:15).
Reconociendo las precondiciones con las que llegamos a la vida, y como un gesto de abandono, David exclama: “En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5), condición que se externa en acciones que Pablo denomina como “obras de la carne” (Gál. 5:19-21), que evidencias una naturaleza con tendencias completamente ajenas a las normas y leyes que rigen el gobierno de Dios (1 Juan 3:4; 4:8).
Para revertir la constante degradación del ser humano, Dios desarrolló un proceso para la devolución del ser humano a su estado original (Fil. 1:6), interviniendo primero en su alianza con el Satanás (Gén. 3:5) para entonces desencadenar una serie de dinámicas que le permiten ingresar sus leyes en las mentes y escribirlas en los corazones de los seres humanos (Jer. 31:33; Heb. 8:10; 10:16), dinámicas de las cuales la familia, la iglesia y la escuela son gestoras como agentes de equipamiento, regeneración y redención (White, 1978, 2009).
Se sugiere, sin embargo, que algunos casos estén fuera del alcance del proceso de redención ofrecido por Dios a través de sus agencias (Juan 3:18).  Como resultado del constante rechazo al Espíritu Santo (Mateo 12:31; cf. White, 2007) se produce una “profundidad de depravación en la naturaleza humana incrédula que nunca será sanada, porque la verdadera luz ha sido mal interpretada y mal aplicada” (White, 1981).

Referencias

Grigg, R.  (2017).  Evolution’s error: how human nature went awry.  Humanist, 77(3), 30-32.
Gurevich, P.  (2013).  New versions of the interpretation of human nature.  Russian Studies in Philosophy, 52(2).  doi: 10.2753/RSP1061-1967520201
Martin, M.  (2016).  Human Nature and Good Lives: Etzioni’s Elisions.  Society, 53, 258-263.  doi: 10.1007/s12115-016-0009-5
White, E.  (1971).  Consejos para los maestros.  Pacific Press.
White, E.  (1978).  Hijos e hijas de DiosPublicaciones Interamericanas.
White, E.  (1981).  Loma Linda messages.  Payson, AZ:  Leaves-Of-Autumn Books.
White, E.  (2001).  El ministerio médico.  APIA.
White, E.  (2007).  El conflicto de los siglos.  APIA.
White, E.  (2009).  La educación.  APIA.


domingo, 8 de octubre de 2017

La Biblia

Al dar evidencias de origen e intervención inteligente, la naturaleza se coloca como “intérprete de las cosas de Dios” (La educación cristiana, 203), aunque, y por la misteriosa e inexplicable intrusión del pecado (El conflicto de los siglos, 484), su versión del carácter y atributos divinos es condicionada y ambigua.  En la naturaleza la interdependencia se mezcla con sobrevivencia, y el altruismo con egoísmo.  Observamos leyes de donde se desprenden lecciones de amor y generosidad, y también leyes donde la crueldad y la explotación son protagonistas, que justifica el tono del pueblo judío cuando reclama: “Por demás es servir a Dios.  ¿Qué aprovecha que guardemos su Ley y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos?  Hemos visto que los soberbios son felices, que los que hacen impiedad no solo prosperan, sino que tientan a Dios, y no les pasa nada” (Mal. 3:14-15).
Tanto por la imposibilidad de la naturaleza de presentar una interpretación consistente y apropiada del carácter de Dios, aunado a la predisposición heredada del ser humano de cuestionarlo (Sal. 51:5; cf. Gén. 3 y Palabras de vida del Gran Maestro, 79), Dios, en forma unilateral y por iniciativa propia (Heb. 1:1), decidió comunicarse con los hombres en tonos más específicos a través de individuos elegidos por él como portavoces, los profetas (2 Ped. 1:19-21; Amos 3:7), para autodefinirse como Ser en relación a nosotros, definir su carácter y la cultura de su reino (Mat. 22.37-40).  Así, “el libro de la naturaleza y la Palabra escrita” forman una asociación de verificación e iluminación mutua (La educación, 115), donde “los escritores de la Biblia hacen uso de muchas ilustraciones que ofrece la naturaleza,” y observando las cosas del mundo natural comprendemos “más plenamente, bajo la mano guiadora del Espíritu Santo, las lecciones de la Palabra de Dios” (La educación, 106).  Si en la investigación al tenerlos como referencia se los “comprende bien, tanto el libro de la naturaleza como la Palabra escrita nos hacen conocer a Dios al enseñarnos algo de las leyes sabias y benéficas por medio de las cuales él obra” (Patriarcas y profetas, 586; cf. Job 38-39; Sal. 119:104-105; Jos. 1:8; 2 Tim. 3:16-17).
Pero con una cantidad impresionante de religiones en el mundo, hoy tenemos acceso a varios textos sagrados, algunos aún de una gran influencia y que también afirman un origen sobrenatural y divino.  Teniendo el Corán, los cuatro Vedas, el Canon Pali y otros más, ¿qué hace que la Biblia sea el libro inspirado por Dios, por encima de los demás?
Para apoyar nuestro supuesto podemos, con toda propiedad, citar a la arqueología, que con cada hallazgo corrobora la veracidad de su recuento histórico (Unger, 1954), o la extraordinaria unidad y coherencia de pensamiento, propósito y mensaje a pesar de sus múltiples escritores que sin conocerse y esparcidos en aproximadamente 1,500 años (Finley, 2012), escribieron inspirados por el Espíritu Santo (2 Tim. 3:16) un total de 66 libros que contienen profecía, historia, poesía, evangelios, biografías y cartas.  Además, podemos citar como referencia el exacto cumplimiento de profecías que, con suficiente anterioridad, han descrito al detalle, en el contexto revelado del reino de Dios, el desarrollo de los pueblos y los contextos político religiosos a través de la historia hasta nuestros días y proyectándose hasta el fin del tiempo.
Aceptamos, entonces, los parámetros de verdad que determina la Biblia al ser la Palabra de Dios escrita la cual nos llega a través de un proceso de inspiración y donde Dios nos comunica el conocimiento necesario para nuestra salvación, nos pone en condiciones de saber su voluntad, define la norma del carácter y el criterio para evaluar la experiencia, es la revelación autorizada de las doctrinas y, además, un registro fidedigno de los actos de Dios (Creencia de los adventistas del séptimo día, 2006).[1]

Referencias

Creencias de los Adventistas del Séptimo Día.  (2006).  Nampa, ID: Pacific Press.
Finley, M.  (2012).  What the Bible says about.  Nampa, ID:  Pacific Press.
Unger, M.  (1954).  Archeology and the Old Testament.  Grand Rapids, MI:  Zondervan.



[1] 2 Pedro 1:20-21; 2 Timoteo 3:16-17; Salmos 119:105; Proverbios 30:5-6; Isaías 8:20; Juan 17:17; 1 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 4:12

viernes, 29 de septiembre de 2017

Dios

Por un lado, la fe puede entenderse como una alternativa a la razón sin fundamento en argumentos o evidencia, por otro, la fe puede referirse a una suposición que sirve como guía a la razón. En términos bíblicos, “es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11.1),[1] entendiendo que podemos llegar a esta certeza y convicción en reacción, impulsos y tal vez instintos (Ferguson, 2016), al conocimiento, eventos y/o experiencias. En la inclinación natural del ser humano a cuestionar su existencia, y porque Dios no se esconde (Henriksen, 2016), el rey David reaccionó ante la vastedad del universo: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19.1), haciendo uso de modos verbales que demuestran intensidad, intención y causa, y ante la complejidad de la vida: “No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas. ¡Cuán preciosos, Dios, me son tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!” (Salmo 139.15-17).

Más allá de los esfuerzos intelectuales del ser humano para des fantasear o des mistificar la realidad de la vida, de una forma u otra todos nos sentimos impulsados a definir nuestra posición sobre la aceptación de la existencia, o no, de seres o un ser superior a nosotros responsable de la complejidad de la vida y la vastedad de lo que nos rodea, sin aún definir su naturaleza y listado de atributos. Pascal (1660) lo expresa: “Es incomprensible que Dios exista, y es incomprensible que él no exista.” Ante la misma evidencia cada ser humano debe suponer y definir su curso de vida basado en tal suposición.

Insertando conceptos abstractos entre el listado de ejemplos concretos de cómo toma forma la fe en la vida del ser humano, el autor del libro de Hebreos explica que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe” (Hebreos 11.6), como una dinámica constante: “el que continuamente se acerca”, y “cree constantemente que él existe”, o que es, y que concurre una dinámica de interacción mutua y retribución: “sin fe es imposible agradar a Dios… que recompensa a los que lo buscan,” pues “aunque tenemos poder en lo que creemos, lo que creemos tiene un poder real sobre nosotros – poder para curar y poder para destruir” (Jennings, 2013).

El texto en Hebreos 11.6 explica la dinámica con sus dilemas en la supuesta existencia y relación de Dios con el ser humano, y del ser humano con Dios. Y así como las Escrituras comienzan con una declaración absoluta: “En el principio creó Dios” (Génesis 1.1), sin sentir la necesidad de explicar o defender la existencia de Dios, el ser humano debe primero definir su plataforma, deberá definir su marco filosófico a través del cual observará, experimentará y evaluará la vida siendo la creencia en un ser superior el filtro primario. Esa creencia, sobre la cual tenemos poder, tiene también poder sobre nosotros pues nos lleva a una segunda suposición, como cada civilización, cultura y religión a través de la historia, que lo que hagamos o dejemos de hacer (agradar) tiene consecuencias palpables en nosotros (recompensa). Es decir, como un ciclo de alimentación mutua, la suposición de un ser superior, me lleva a acercarme a él; al suponer que ese ser recompensa, busco agradarle. Las suposiciones sobre las cuales tengo poder, tienen también poder sobre mí y mi comportamiento.


Bibliografía

Ferguson, M.  (2016, Octubre 7).  This is Your Brain on God [Video file].  Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ocuqguH1OIw
Henriksen, J.  (2016).  God revealed through human agency - Divine agency and embodied practices of faith, hope, and love.  En Neue Zeitschrift für Systematische Theologie und Religionsphilosophie, 58(4), 453-472. doi:10.1515/nzsth-2016-0026
Jennings, T.  (2013).  The God shaped brain: How changing your view of God transforms your life.  Downers, Illinois: IVP Books.
Pascal, B.  (1660).  Pascal's Thoughts.  Hoboken, N.J. : Generic NL Freebook Publisher.




[1] Ésta y todas las referencias bíblicas serán tomados de la versión Reina Valera 1995, a menos que se indique lo contrario.

sábado, 13 de mayo de 2017

Liderazgo - 1 Pedro 5:1-11

Unas cuantas semanas atrás termine de leer un libro titulado "Como matar 11 millones de personas," de Andy Adrews.  En él, el autor trata de encontrar la lógica de tras de los grandes genocidios de la historia.  Cómo es que una sociedad determinada, educada, avanzada, civilizada, llega al punto de razonar y aceptar la exterminación de todo un grupo de personas por motivos raciales, politicos o religiosos.  Dentro de los muchos argumentos que presenta el autor, hay uno que me llamó fuertemente la atención.  Escribió, según recuerdo: "Para matar 11 millones de personas hay que mentirles..."

Los registros muestran como poco a poco éstas ideas nocivas fueron plantadas en las mentes de tales sociedades y de las víctimas hasta llegar al punto de que un grupo pequeño de individuos llega a dominar y manipular a un gran numero de personas hasta hacerles creer que aquello que en otro tiempo habrían supuesto como malévolo y horrendo, es en realidad correcto y necesario para el bienestar común, de la mayoría.  Obviamente podemos encontrar ejemplos de este proceder en muchos de los gobiernos en los diferentes países hoy en día, sin embargo el objetivo de este espacio no es entrar en terrenos de la política y de los gobiernos.  Sin embargo, la conclusión del autor nos da pie a hacer unas cuantas aplicaciones pertinentes a nuestra realidad, como seres humanos y como hijos de Dios.

¿Cómo es que el enemigo de Dios puede impedir la salvación de los hijos de Dios?  La respuesta sería la misma, ¿no crees?  Mintiéndoles...  Desde el Génesis, el capítulo tres, la serpiente, que de acuerdo a Apocalipsis 12 es "la serpiente Antigua que se llama Diablo y Satanás" (v9), responde a la indicación de Dios citada por Eva: "No morirán.  Dios bien sabe que el día que ustedes coman de él, se les abrirán los ojos, y serán como Dios, conocedores del bien y del mal" (vv4-5).

El apóstol Pedro, en su primera carta, específicamente el capitulo 5 y los versículos 1-11, responde a la version distorsionada de Satanás en lo que tiene que ver con nuestras relaciones interpersonales y el ejercimiento del liderazgo y el servicio a otros.

En primera instancia, mientras es el egoísmo la propuesta primaria de Satanás, Pedro cita el altruismo.  Nos pide que procedamos “de manera voluntaria y con el deseo de servir, y no por obligación ni por el mero afán de lucro. No traten a la grey como si ustedes fueran sus amos. Al contrario, sírvanle de ejemplo” (v2-3).  El objetivo primario no es la recompensa sino el servicio en sí.  Somos responsables de cumplir nuestra parte sin desear recompensa.  Y es a través de la intervención divina que obtendremos satisfacción, pues continua diciendo: “cuando se manifieste el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona incorruptible de gloria” (v4).

Una segunda clarificación es la humildad por sobre la soberbia.  Pedro indica: “Dios resiste a los soberbios, pero se muestra favorable a los humildes” (v5).  En dos versículos {edro hace referencia a la humildad:

También ustedes, los jóvenes, muestren respeto ante los ancianos, y todos ustedes, practiquen el mutuo respeto. Revístanse de humildad, porque: «Dios resiste a los soberbios, pero se muestra favorable a los humildes  Por lo tanto, muestren humildad bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo.

Evidentemente Pedro insiste en la importancia de la humildad como ingrediente indispensable para el servicio desinteresado.  Debido a la ansiedad que esta lucha interna produce, Dios promete intervenir y generar en nosotros paz (v7).

Por ultimo, Pedro hace referencia a las acechanzas de Satanás, pero no hay que vivir con miedo, sino valientemente deberemos mantenernos firmes, haciéndole frente.  No somos los únicos que sufrimos (v9).  Además, a través de la intervención divina, obtendremos la victoria.

viernes, 28 de abril de 2017

Vivir como Dios - 1 Pedro 3:8-12

No recuerdo exactamente dónde lo escuché por primera vez, si en el radio o en una tienda, pero el título de la canción es, "Fix my eyes", que tal vez podríamos traducirlo como, Fijaría mis ojos.  Como el título del canto lo indica, la frase que se repite una y otra vez es: "Fijaría mis ojos en ti," sin embargo, es otra parte de la letra que quisiera citar para efectos de ésta reflexión, parte que se encuentra en una sección del canto que utiliza una tonada como de niños jugando que queda en frases como: "ya te ganamos," o, "yo quiero dulces" (espero haber ayudado a que identifiques la tonada).  Me llamó tanto la atención que llegando a casa busqué la letra del canto para saber qué decía.  En la canción, el autor se pregunta qué haría diferente si pudiera regresar el tiempo, a lo cual contesta (traducción):

Amaría sin miedo
Daría cuando no es justo
Viviría para otro
Tomaría tiempo para un hermano
Lucharía por los débiles
Abogaría por la libertad
Encontraría fe en la batalla
Me mantendría en pie.
Pero por sobre todo,
fijaría los ojos en ti, en ti.

La frase que capturó mi atención, y todavía lo hace, es: "daría cuando no es justo."  Jesús mismo hace referencia a este tipo de conducta cuando dice: "No resistan al que es malo, sino que a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera provocarte a pleito para quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.  Al que te pida, dale, y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian, y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:39-42,44).

No es muy difícil dar, ayudar, amar cuando es justo, cuando la otra persona “lo merece."  ¿Cuántas veces no hemos intercedido por alguien, nuevamente, porque sentimos que lo merece?  ¡Pero ayudar a alguien que no lo merece!

A principio de semana leí la siguiente cita del apóstol Pedro: "Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos están atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está en contra de los que hacen el mal" (1 Pedro 3:12).  Mi primera reacción fue: "¡Ajá!", porque cuando leemos éste tipo de versículos, el justo siempre soy yo, y ya tenemos definida la lista de "los que hacen el mal," y el rostro de Dios está contra ellos.  Hace sentido, y es bíblico.  Merecen el desprecio de Dios, y el mío también, obviamente.

Al siguiente día, sin embargo, leí el contexto dónde se encontraba el versículo recién citado.  Los versículos previos dicen: "En fin, únanse todos en un mismo sentir; sean compasivos, misericordiosos y amigables; ámense fraternalmente y no devuelvan mal por mal, ni maldición por maldición. Al contrario, bendigan, pues ustedes fueron llamados para recibir bendición" (1 Pedro 3:8-9).

¿Por qué se nos habría de requerir ser compasivos, misericordiosos, amigables con quienes buscan nuestro mal y aún nos maldicen?  ¡No lo merecen!  ¿Por qué hacer el bien a los que nos odian, y orar por quienes nos persiguen?  ¡Es injusto!  ¿Dónde está entonces la lógica de que a los buenos les va bien y a los malos mal?

Obviamente ésta no es la primera vez que pienso al respecto, como tampoco lo es para ti, supongo.  Pero como ésta orden es tan contraria a nuestra naturaleza, siempre nos lleva a reflexionar y evaluarnos a la luz de las Escrituras, y a la luz de la vida de Jesucristo.

Tratando de resolverlo, cuando se nos hacen las recomendaciones o mandatos citados en ésta reflexión, el enfoque no es lo malo que hacen los demás o lo despreciables que puedan ser.  Nuestra naturaleza egoísta y rebelde nos lleva a concentrarnos en ellos y llegar a la conclusión de que ellos no merecen nuestras atenciones y que es injusto lo que se nos pide.  Sin embargo, el enfoque del mandato somos nosotros, Dios no está hablando de la salvación de los malos, sino de nuestra salvación, de nuestra asimilación en la cultura del cielo.  Podemos estar tan concentrados en el castigo que merecen los demás, que podemos descuidar nuestra propia salvación, como cuando los hijos confrontan a los padres porque no castigaron al hermano o hermana de forma más agresiva, como lo merece.  Yo he tenido que utilizar las mimas palabras que mis padres me dijeron a mi: “no te preocupes por tus hermanos, preocúpate por ti…”

Dios, que sigue trabajando realizando en nosotros “la buena obra” (Filipenses1:6), la quiere seguir perfeccionando hasta culminarla en la segunda venida de Jesucristo.  Por eso, como parte de nuestra educación, de nuestra preparación, del plan de estudios, Dios define el estándar de conducta, incluyendo situaciones extremas, cuando somos objeto del odio de otros.  Si la cultura del cielo es amor, “porque Dios es amor” (1 Juan 4:8), entonces nuestro estándar de conducta es el amor, aún cuando quien es el receptor de éste no lo merece.  ¿No hace lo mismo Dios cuando “hace llover sobre justos e injustos”? (Mateo 5:45).  Jesús continúa diciendo en el tan famoso Sermón del Monte: “Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿Acaso no hacen lo mismo los cobradores de impuestos?  Y si ustedes saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de más? ¿Acaso no hacen lo mismo los paganos?” (Mateo 5:46-47).  Y termina diciendo: “sean ustedes perfectos, como su Padre que está en los cielos es perfecto” (v48).

El enfoque del amor a los enemigos, no son los enemigos, sino la asimilación de la cultura del cielo, como cuando Jesús mientras se burlaban, lo maltrataban y crucificaban: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

viernes, 21 de abril de 2017

Relaciones sociales - 1 Pedro 4:8

He aprendido que para quienes nos gusta cocinar, pero no sabemos hacerlo, o estamos aprendiendo, muy seguido nos excedemos con algún ingrediente, desde agua, apio o comino, hasta la sal.  Esto sin contar las veces cuando hemos cocinado el platillo de más, o cuando dejamos la comida medio cruda.  En casos como esos, y con la ayuda de alguien experto o con más experiencia, acudimos a ciertos trucos para ayudarnos a eliminar o reducir el daño causado.  Algunos de estos trucos es el uso de productos lácteos cuando la comida es muy picante, o también azúcar o miel.  O cuando ha quedado muy condimentada, se le puede acompañar con almidones, como arroz o pasta, según me dicen.  Todo para eliminar o disimular las imperfecciones o falta de experiencia del cocinero.

El apóstol Pedro hace uso de la misma lógica cuando dice: "ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados" (1 Pedro 4:8), dentro de una serie de consejos para aliviar las tensiones interpersonales y promover la cordialidad entre los creyentes.  Para la frase "porque el amor cubre infinidad de pecados,” otras versiones un poco menos literales y más ajustadas a nuestro idioma actual dicen: "porque el amor perdona muchos pecados" (DHH), "porque el amor borra los pecados" (TLA), "porque el amor es capaz de perdonar muchas ofensas" (PDT).

Evidentemente para el Apóstol Pedro, sí hay un ingrediente que ayuda a eliminar, o minimizar los defectos de los individuos en su interacción ya sea a nivel matrimonial, familiar, académico y/o laboral.  Entonces el secreto para la unidad, o la cooperación no descansa en la ausencia de defectos de sus componentes, sino en la medida que el amor forme parte de tal interacción.  Somos humanos, por definición somos imperfectos; hemos recibido una herencia con tendencia al egoísmo y a la rebelión.  Además, cargamos con los genes de nuestros padres, como también lesiones físicas y emocionales que nos llevan a actuar en forma destructiva, eso sin incluir la influencia de nuestro entorno sociocultural, económico, político y religioso.  Es mucho lo que cargamos sobre nuestros hombros como para suponer que el secreto es dejar de ser humanos.  Antes bien, Pedro reconoce nuestras deficiencias naturales y, sin condenarlas, nos da un ingrediente que las neutraliza.

La Palabra que el apóstol Pedro utiliza es ágape, una de las cuantas palabras que en español hemos traducido como amor, pero la que encierra la mayor cantidad de altruismo, en contraposición del egoísmo.  El amor con el que Dios nos amó tanto, que envío a Jesucristo para que quienes creamos tengamos vida eterna (Juan 3:16).  El apóstol indica: "ámense intensamente los unos a los otros."  Cumplir con éste pedido es antinatural para nosotros, tal vez por eso Pedro indica "intensamente" (ekteíno), que también puede traducirse como fervientemente, constantemente, intencionalmente, sin cesar.  Evidentemente, requerimos tomar una decisión consciente, de adoptar una perspectiva que desafía nuestras tendencias, para amar a aquellos con quienes interactuamos y así, haciendo ellos lo mismo, soportarnos mutuamente nuestras imperfecciones.

Si ponemos atención, la dinámica es bastante clara: amo para disminuir mi percepción de las deficiencias de los demás, y los demás me aman para cubrir o soportar mis deficiencias.  Como cuando un joven y una joven se enamoran, indicando el uno que el otro es "perfecto"...  Obviamente no lo es, pero el amor le hace descartar o ignorar sus defectos y resaltar sus virtudes.  Situación contraria meses o años después, cuando el amor se acaba, y donde ahora se descartan e ignoran las virtudes para resaltar y acentuar los defectos.


Más allá, sin embargo, del beneficio temporal y terrenal en nuestras interacciones interpersonales, el adoptar éste consejo divinamente inspirado nos llevará a elevar nuestra existencia para ponernos a disposición y vulnerables a la intervención divina quien trabaja intensamente para transformarnos y ayudarnos a incorporar y asimilar en nuestras vidas la cultura del reino de Dios, la cultura celestial, pues "Dios es amor" (1 Juan 4:8), y el que comenzó en nosotros "la buena obra," la estará perfeccionado cada día, de acuerdo a nuestra disponibilidad, hasta culminarla definitivamente en "el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6).

viernes, 14 de abril de 2017

Ser - 1 Pedro 2

Un viernes de tarde, del otoño de 1996, jugaba con mis compañeros de universidad un partido de fútbol.  Por lo que me cuentan, en ese partido de fútbol, que no recuerdo contra quién jugábamos, me tocó jugar de delantero.  Para serte sincero, de ese día, y de ese insistente en particular, sólo tengo pocas y breves escenas, por lo que la mayoría de lo que te voy a relatar es la recopilación de lo que otros me han contado.  Según me cuentan, un compañero hizo un centro al área y yo corrí a tratar de cabecear.  El portero del equipo contrario también fue por el balón lo que provocó que ambos chocáramos.  Por el choque, caí de espaldas y evidentemente golpeé la cabeza con el suelo.  Dicen mis compañeros que me levanté del suelo, me sacudí, e hice por seguir jugando.  Sin embargo, de tanto en tanto, me acercaba a uno de mis primos, que también estaba en mi equipo, para preguntarle datos básicos del juego, tales como: contra quién estábamos jugando y si estábamos ganando.  Cuenta mi primo que cada minuto o dos me acercaba a él para hacerle la misma pregunta, hasta que después de unas cuantas veces creyó mejor sacarme del juego y llevarme a casa, donde me metí a bañar, y como había perdido la memoria a corto plazo, como en la película de Buscando a Dory (Finding Dory), me lavé la cabeza una y otra vez hasta que me acabé el shampoo.  Una vez bañando, me llevaron a mi cuarto para que descansara y fuese atendido.

La razón por la que te relato esta experiencia es por el impacto que, según me cuentan, causó en mi cuando comencé a recuperar la memoria, de lo que sólo tengo breves destellos, como cuando mi abuela entró al cuarto para ponerme alcohol en la frente, o cuando entraron a mi cuarto algunos primos para visitarme.  Me cuenta mi hermana que cuando comencé a despertar, quienes estaban en el cuarto comenzaron a hacerme preguntas, mi hermano para reírse, y los demás, supongo, para ayudarme a recuperar la memoria.  Entre risillas comenzó a describir las diferentes reacciones cuando redescubrí quién era, mi nombre, que me encontraba en el cuarto año de teología, que tenía una novia, que estaba aprendiendo hebreo y que era el director del club de Guías Mayores Na'ar Shalem.  Ante cada descubrimiento hacía una exclamación de incredulidad, jocosa para quienes estaban presentes, para luego quedarme por un momento callado, como tratando de registrar la información, impresionado por quien era.

Cuando leemos el segundo capítulo de su primera carta, Pedro pareciera hacer mucho énfasis en que sus lectores recuperen la memoria y recuerden que “son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9).  La versión Dios Habla Hoy traduce el texto de la siguiente manera: “Pero ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios.”  Pedro quiere que su audiencia, que por designación divina ahora también nos incluye a nosotros, encuentre sentido a su existencia que les lleve a entender cuál es su misión, pues ¿cómo saber el propósito de nuestra vida cuando no sabemos quiénes somos?

Cuando leemos completo el versículo previamente citado, encontramos que “ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable,” de donde personalmente rescato dos palabras: “son” y “para”, un verbo y una preposición.  Evidentemente no son las palabras ricas en significado y románticas en comparación con las demás que están en el versículo, sin embargo, son las que le dan sentido.  La primera nos introduce a nuestra identidad, la segunda a nuestra razón de ser, pues para hacer (“para”) debemos primero ser (“son”).

Sí, tenemos una misión, que solamente identificamos y comprendemos cuando entendemos quiénes somos.  Sin embargo, y de acuerdo a lo que extraigo de la carta de Pedro, para verdaderamente ser, debemos también dejar de ser.  Permíteme te explico.  Este capítulo comienza de la siguiente manera: “Por lo tanto, desechen toda clase de maldad, todo engaño e hipocresía, envidias y toda clase de calumnia” (v1), y añade más adelante: “Antes, ustedes no eran un pueblo; ¡pero ahora son el pueblo de Dios!” (v10), y después: “les ruego que se aparten de los deseos pecaminosos que batallan contra el alma.  Mantengan una buena conducta” (vv11-12), “muéstrense respetuosos de toda institución humana… Respeten a todos” (vv13,17).  Y termina diciendo: “Porque ustedes eran como ovejas descarriadas, pero ahora se han vuelto al Pastor que cuida de sus vidas” (v25).  Una y otra vez Pedro insiste en redefinir quienes somos contrastándolo con lo que éramos y con lo que no debemos ser.

Obviamente, hay una lucha interna, pues no podemos negar nuestra naturaleza humana donde heredamos una constante tendencia al egoísmo y a la rebelión.  Por eso, para alimentar nuestro nuevo ser, para fortalecer nuestra nueva identidad, Pedro nos recomienda: “Busquen, como los niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos” (v2), “Acérquense a él, a la piedra viva” (v4), pues Jesucristo “llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados.”

Así, y con la ayuda de la deidad completa, para hacer, debemos primero ser.  Y para verdaderamente ser, debemos primero dejar de ser.

martes, 11 de abril de 2017

Una herencia - 1 Pedro 1

¿Cuántas veces no he sido cuestionado el día siguiente, ya sea por mi esposa o mis hijos, por haber comido algo la noche anterior, al llegar tarde a casa, y que no era para mí?  Tal vez para una comida en la iglesia, o una fiesta en el salón de mis hijos quienes, ahora, tendrán que llevar una caja incompleta de galletas.  En ocasiones en casa, e identificándome como una potencial amenaza, se hacen aclaraciones audibles indicando para cuándo y para quién es el postre, varias veces llegando al extremo de etiquetarlos con tinta roja: “no tocar”.  Así, quedo oficialmente informado para qué, para cuándo y para quién está reservado el pastel.

Al leer y estudiar las Escrituras, hacemos bien en averiguar y mantener en mente quién escribió ese pasaje, cuándo lo escribió, por qué lo escribió y para quién lo escribió.  Ejercer ésta dinámica nos lleva a buscar la honestidad con las intenciones de su autor, y nos ayuda a mejor acertar en las aplicaciones en el contexto en que nos encontramos hoy.  Bien dice el dicho: “un texto fuera de contexto es un pretexto,” razón del surgimiento y propagación de tendencias, enseñanzas y doctrinas que pretenden ser de origen bíblico, pero que son el resultado de las predisposiciones del ser humano y que históricamente han dañado el desarrollo no sólo social y científico, sino que han perjudicado nuestra percepción y entendimiento del amor de Dios y su plan para salvarnos.

En el caso de Pedro, él mismo nos evita el trabajo de investigar quién, y para quién escribió sus cartas.  Comenzando con las primeras palabras nos dice: “Pedro, apóstol de Jesucristo” (1 Pedro 1:1).  Es Pedro quien escribe, reconociendo y anunciándonos con la autorización con la que escribe, la cual ha sido investida por Jesucristo mismo.  Por algunas referencias que sugieren tiempo y lugar, se ha llegado a la conclusión de que probablemente escribió desde Roma en la primera mitad de la década de los sesentas del primer siglo de nuestra era.  ¿Los destinatarios?, cristianos en Turquía.

Al describir a sus destinatarios, Pedro indica que son “elegidos” (1 Pedro 1:2), ya predispuesto por Dios, y limpiados por el Espíritu Santo.  Una colaboración conjunta y ejecución coordinada por la deidad donde somos elegidos porque hemos sido santificados, y santificados porque hemos sido elegidos.  Dios justificando sus acciones predeterminadas: “los elijo porque son santos, y los santifico porque son elegidos.”  ¿Para qué?: “para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo,” concluyendo con un deseo de bienestar mental, emocional, espiritual a través de la “gracia y paz”.

Una lectura superficial, fuera del contexto bíblico, podría llevarnos a la conclusión de que la Biblia, en este caso Pedro, enseña la predestinación, pues claramente Pedro escribe: “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre.”  Sin embargo, al revisar el contexto de las cartas del apóstol y el resto del contexto bíblico encontramos que Dios elige a todos para salvación (1 Timoteo 2:4), aunque evidentemente tenemos la libertad y derecho de deselegirnos.  Encontramos, además, que Dios desea que todos se arrepientan y que ninguno se pierda (2 Pedro 3:9).  Así, la opción de creer es para todos, como también la vida eterna (Juan 3:16), pues el deseo de Dios no es la muerte del malo, sino su restitución (Ezequiel 33:11).

No son invenciones de Pedro, no es que ha tenido un momento de clarividencia y se le ha ocurrido una gran idea de cómo filosofar la vida para tener un mejor entendimiento de ella, especialmente cuando nos encontramos en situaciones adversas.  Para quienes nos toca vivir un mundo donde estamos en contante exposición al dolor y la injusticia, Pedro nos recuerda que la fuente de donde ha extraído sus propuestas es serio y sólido, pues quienes las escribieron inquirieron, indagaron, escudriñando (1 Pedro 1:10-11).  Así, las realidades adversas de la vida en nuestro camino a la salvación son soportables a medida que creamos la versión que las Escrituras tienen de nuestra identidad y nuestro destino.  Por eso, somos llamados a reaccionar y proceder con sobriedad, elevándonos del común, teniendo una singular perspectiva, interpretando la vida a través de los ojos de Dios (v13).

Ésta perspectiva de la vida deberá tener un efecto socio espiritual.  La purificación de la mente se logra a través de la obediencia a medida que vamos siendo educados en ésta fe, como iniciativa humana, y la labor constante e intencionada del Espíritu Santo, como aportación divina.  Así, la purificación de la mente permite y promueve el amor fraternal sincero.  No podemos separar el amor a Dios del amor al prójimo (1 Pedro 1:22).