viernes, 5 de febrero de 2016

Victoria en el desierto; Jesús es tentado

En nuestro contexto, parecieran ser frases tuiteras...  Con el siempre aumentante uso de las redes sociales, no es muy complicado encontrar dichos o pensamientos cortos que captan la atención, tales como: “No te preocupes, ocúpate, No te limites, desátate, No grites, canta y No hables, baila...”  No pasa mucho tiempo en que alguien contesto: “muy cierto”, o, “la humildad se acaba, cuando se presume,” para entonces alguien comentar: “por eso estamos como estamos…”  No pretendo restarle importancia a tales pensamientos, pues estaría también quitándole importancia a los libros de Proverbios y Eclesiastés, que abundan en frases tuiteras.  Lo que sí pareciera ser una tendencia cada vez más marcada es que elegimos con quedarnos un par de segundos con el sentimiento bonito del pensamiento que acabamos de leer, para entonces desplazarnos en nuestro muro para ver otras fotos y/o pensamientos.  No es que el dicho, frase o pensamiento sea superficial, sino nuestro limitado tiempo dedicado a la reflexión es lo que nos hace superficiales.

Lo mismo podría pasar con la declaración de Jesucristo cuando dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10), con 76 caracteres (90 con la cita), hasta nos queda espacio para etiquetar palabras o añadir etiquetas (#hastag).  Podría quedarse como una frase tuitera, sin embargo, las Escrituras nos aseguran que tal declaración incluye mucho más que dejar un buen sentimiento en los lectores.  Si te das cuenta, ésta declaración de Jesucristo enfatiza lo abarcante de la iniciativa divina, pues no sólo vino a salvar, sino también a buscar, evidenciando nuestra incapacidad para retomar el camino de regreso a Dios.  Con razón de las parábolas de Jesucristo de la moneda y la oveja ambas perdidas (Lucas 15).  El apóstol Pablo lo resume así: “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos...  Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros…  Porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:6-10).  En las tres instancias citadas por Pablo, en todas se presenta la iniciativa unilateral de Jesucristo por socorrer al indefenso e imposibilitado ser humano.

Esa combinación de verbos, “buscar y salvar”, se hace efectivo en la explicación que el ángel le hace a José que, suponiendo la infidelidad de María, pero “como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente” (Mateo 1:19), le explica: “no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.  Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (vv20-21).  Y más adelante añade el relato y explicación: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Emanuel (que significa: ‘Dios con nosotros’)” (v23).  Previendo la importancia de su misión, Juan el Bautista, precursor al ministerio de Jesucristo, insistió en anunciar la importancia de producir “frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8), pues aunque él bautizaba con agua, quien vendría después de él y que había venido a buscar, primero, para luego salvar a quienes nos habíamos perdido, nos bautizaría “en Espíritu Santo y fuego” (v11), y preparar las condiciones para entonces pagar “a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27).  Es decir, ante la magnificente manifestación de misericordia por parte de Dios por sus criaturas rebeldes, débiles y perdidas, se nos indica que ya es tiempo para dejar de pretender, que somos autosuficientes, que podemos, o que estamos bien.

En su travesía para conectar con la humanidad y tener la capacidad de compadrearse por nosotros, fue blanco de los ataques del enemigo, Satanás.  Y aunque Jesucristo supo de nuestras debilidades, y aunque fue tentado en todo, se mantuvo sin pecado (Hebreos 4:15).  Como tú y como yo, Jesucristo “sintió hambre”, y tomando eso como escusa vino la primera tentación: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:3).  La intención de Satanás iba más allá de simplemente aliviar una necesidad inmediata de Jesucristo.  En la invitación está sembrada la duda: “Si eres…”  ¿Entraría Jesús en el juego de Satanás?  Claro que no, ambos saben quién es cada quien, y Jesucristo no permitirá ser manipulado y cuestionado por quien ha generado el sufrimiento del cual todos participamos.  Con un escrito está contesta: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios,” citando a Deuteronomio 8:3.  En seguida, Satanás supone que, si utiliza las Escrituras, que al fin y al cabo fueron inspiradas por Dios mismo (2 Timoteo 3:16), podrá distraer a Jesucristo de su misión, y así evitar su derrota.  Pero Jesús entiende que un texto fuera de su contexto es un pretexto y en su respuesta añade: “Escrito está también…” (Mateo 4:7), acentuando la importancia de tener un conocimiento del total de la revelación divina en las Escrituras.  Por último, Satanás se desenmascara y sugiere a Jesucristo que tiene la capacidad de darle lo que vino a buscar sin necesidad de pasar por tantas penas y sufrimientos si postrado la adora (Mateo 4:11).  Pero Jesús no reconoce la supuesta soberanía de Satanás sobre éste mundo ni sobre nosotros y le indicó: “Vete, Satanás, porque escrito está: ‘Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás’” (Mateo 4:10).


¿Cuántas palabras se necesitan para describir la acción divina para “buscar y salvar” a cada uno de nosotros?  Habiendo padecido “siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18, cf. 1Corintios 15:21).  “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16) de quien nos busca para salvarnos.

Dejar de pretender

viernes, 29 de enero de 2016

La controversia continúa (David, Elías, Ezequías, Ester y Nehemías)

Las tensiones observables en el universo, en la naturaleza y en la sociedad, también se experimentan en el interior de cada uno de nosotros.  Con razón el apóstol Pablo dijo: “Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo soy carnal...  Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago,” para más adelante añadir, “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:14-24).  Es la herencia que hemos recibido por experimentar la rebelión.  Pero no es un mensaje de desánimo que ofrecen las Escrituras.  Es más bien honesto, y tal vez por momentos ofensivo.  Sin embargo, al contemplar la interacción de Dios con los seres humanos a la luz de la Biblia, encontramos que ésta nos ofrece un mensaje de esperanza.

Dentro del mensaje honesto de las Escrituras, encontramos que los personajes allí tratados no son disculpados.  Tanto sus aciertos como sus faltas quedaron registradas, pues “para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:4).  Tale s el caso de David, que tuvo la valentía de enfrentar a Goliat, pero que cedió a los encantos de una mujer casada (1 Samuel 17 y 2 Samuel 11).  No podemos negar el impacto a terceros de las decisiones y acciones de David.  Mientras que al enfrentar y vencer a Goliat trajo la victoria al pueblo al que pertenecía, aprovecharse de su posición y de la soledad de Betsabé trajo injusticia, sufrimiento y muerte a terceros; ¿qué culpa tenía Urías de haberse casado con una mujer atractiva?  Queda, pues, para nosotros la lección de que, querámoslo o no, deseémoslo o no, lo que hacemos o dejamos de hacer tiene su efecto en terceros.  Eso de que “es mi vida” encaja en conversaciones donde la madurez no es necesariamente la moderadora.  La versión del conflicto entre el bien y el mal que nos toca lidiar nos indica que tenemos influencia y una responsabilidad para con quienes nos rodean, desde el núcleo más íntimo que es el matrimonio y la familia, hasta niveles más amplios como lo es la sociedad.

Si algo es constante en estas reflexiones es que, en cuestión de lealtad a Dios, no existe zona gris.  Es cierto, no es nuestra guerra, pero por herencia, participamos de ella.  Como el rey Ezequías, tenemos el siempre poderoso argumento de la oración (2 Reyes 19:15), pero para que éste tenga sentido, debemos definir nuestra postura.  Elías le dijo al pueblo de Israel en el monte Carmelo, “¿Hasta cuándo vacilaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; si Baal, id en pos de él” (1 Reyes 18:21), muy parecido a lo que Jesucristo mandó decir a la iglesia de Laodicea en Apocalipsis 3:15-16, “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!  Pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”  Es porque en materia de lealtad a Dios y sus consecuencias la indecisión es igual a decidir mal.


No es fácil definir consolidar nuestra lealtad para con Dios en un contexto sociocultural que pondera los antivalores.  La presión social generalmente nos lleva a concentrar nuestra atención en cuestiones menos elevadas y trascendentes, tal vez como la moda, los deportes y la televisión, e inclusive nos lleva a suponer como cosa inofensiva prácticas y hábitos que Dios claramente a cuestionado y prohibido.  ¿Cuántas canciones de antimorales debemos escuchar para comprenderlo?  ¿Cuántas novelas, series o películas hay que ver para saber que la violencia, el adulterio o las drogas confligen con los parámetros del gobierno de Dios?  Aclaro que éste no es un llamado a abandonar los deportes o la televisión, sino hacer conciencia del bombardeo constante de satanás para cuestionar lo que, a la luz de las Escrituras es bueno o es malo.  Salta a la mente el caso de Ester, que tuvo que ser valiente dadas las circunstancias (Ester 3).  Es decir, que fue valiente con causa.  Digo esto porque podemos confundir la valentía o el ser diferentes como un fin, por eso es que constantemente surgen grupos y pequeños movimientos liderados por caudillos bajo el lema claramente sacado de su contexto: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” (Mateo 10:34).  Ester en su momento, como también Nehemías, ejercieron valentía no como un fin, sino como un medio dejándose utilizar por Dios para la protección y avance de su obra.  Por eso, “levantémonos y edifiquemos,” esforzando nuestras manos para hacer el bien (Nehemías 2:18).

viernes, 22 de enero de 2016

Saber elegir

Los jueces: héroes improbables

Cada nueva generación debe superar la noción de que las cosas que valen la pena en la vida requieren esfuerzo.  Los consejos de Salomón en el libro de proverbios y Eclesiastés indican que tres mil años atrás tenían éste problema, sino, no habría tenido la necesidad de insistir: “El perezoso desea y nada alcanza” (Proverbios 13:4).  Podemos leer una biografía en unas cuantas horas, e ignorar que los logros allí registrados tomaron toda una vida.  Una película presenta en un par de horas historias que requirieron años, esfuerzos, lágrimas, y en muchas ocasiones, no ser reconocidos hasta después de fallecidos.  Entendiendo que hay quienes han tenido que superar más obstáculos que otros, pero como un común denominador, todos debieron sobreponerse a adversidades y desánimos, que con frecuencia surgieron de sus propias inseguridades.

El período de los jueces, en la Biblia, habla de un listado de personajes que, de acuerdo a la sabiduría convencional, no debieron de haber sobresalido en la historia.  Previo a sus hazañas, ¿quién habría apostado por ellos?  Como el caso de Débora, jueza y profetiza de Israel que, simplemente por el hecho de ser mujer, en el contexto sociocultural en que vivió, debió de haber quedado descalificada como tal.  O el caso de Jael, esposa de Heber, que se declaró en favor de Israel y, supongo, no le tembló la mano para terminar con la vida de Sísara, jefe del ejército enemigo del pueblo de Dios (Jueces 4).

Dios elige a un Gedeón, escondido y con escusas válida, diciendo ser “de la familia más pobre que hay en Manasés, y en la casa de mi padre soy el más pequeño,” para liberar a su pueblo de los madianitas (Jueces 6).  De ser un quejoso, pues reclamó: “Señor mío, si el Señor está con nosotros, ¿cómo es que nos ha sobrevenido todo este mal? ¿Dónde están las maravillas que nuestros padres nos contaron, cuando nos decían que el Señor los había sacado de Egipto? ¡Pero ahora resulta que el Señor nos ha desamparado, y que nos ha entregado en manos de los madianitas!,” a ser un solucionador.  Trabajó Dios a través del egoísmo e inmadurez de Sansón: “¿Y acaso ya no hay mujeres entre las hijas de tus parientes, ni en todo nuestro pueblo, para que vayas y tomes por mujer una filistea, hija de incircuncisos?”, insistió su padre, como muchos aún hoy lo hacen, a lo que Sansón contestó: “Pidan por mí a esa mujer [filistea], porque es la que me gusta” (Jueces 14:3).  Sí, así es…  En la versión del gran conflicto entre el bien y el mal que se desarrolla en nuestro mundo, Dios hace uso de héroes improbables.  Y es que, en el momento de ejercer su llamado, y a pesar de sus defectos, avanzaron con fe y determinación.  ¿Derrotar a un ejército numeroso con sólo trecientos hombres armados con cántaros antorchas y trompetas?  ¡O hacer uso de una quijada de asno para matar mil hombres!

¿Qué podemos de ser de Rut?  Antes de saber cómo se desenlaza la historia, por supuesto.  Nacida y criada en un hogar pagano, proveniente de un pueblo enemigo y tóxico a Israel, pero que ante la insistencia de su suegra cuya alma había sido amargada por la vida (Rut 1:20), responde con palabras que aún hoy impactan a quien las lee: “¡No me pidas que te deje y me aparte de ti!  A dondequiera que tú vayas, iré yo; dondequiera que tú vivas, viviré.  Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios.  Donde tú mueras, moriré yo, y allí quiero que me sepulten.  Que el Señor me castigue, y más aún, si acaso llego a dejarte sola.  ¡Sólo la muerte nos podrá separar!” (Rut 1:16-17).  Sí, en el momento de tomar decisiones tuvo el estómago para reafirmar su alianza con Dios y con su pueblo.  La historia termina en un final feliz, y de mucha trascendencia, pero la palabra clave es final, pues previo a ese final tuvo que pasar varias incertidumbres enfrentadas sólo con la idea de la promesa de Dios.


Concluimos con un niño de tres años, llevado por su madre al templo para que allí sirva.  Su ahora tutor, no ha sabido implementar la ética y el respeto a Dios en sus hijos.  Claro, nos referimos a Samuel, el niño profeta cuya vida impactaría a Israel.  Sin embargo, aún éste profeta tuvo que sufrir las consecuencias de la entrada del pecado a nuestro mundo.  Siendo el profeta que fue, sus hijos “se dejaron llevar por la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho” (1 Samuel 8:3).  ¡Qué dolor!  Sin embargo, es la realidad.  La lealtad a Dios es un asunto de decisión y acción personal.  Estamos en medio de un conflicto, donde nadie puede decidir por ti.  Eres tú, soy yo que día a día debemos definir a qué bando pertenecemos.  Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

Héroes improbables

viernes, 15 de enero de 2016

Aún hay esperanza

Violencia

Rebelión global

Ya a éste punto la desobediencia, vergüenza y miedo de Adán y Eva parecen hasta inocentes.  La promesa de ser “como Dios, conocedores del bien y del mal” (Génesis 3:4), traído a la vida de nuestros primeros padres dolor más allá del que hubiesen imaginado.  Ya fuera del Edén (Génesis 3:23-24), Eva da a luz lo que supone será el hijo de la promesa que heriría a la serpiente en la cabeza (Génesis 3:15), por lo que, llena de esperanza, le pone por nombre Caín, pues ¿no sería éste quien como lanza golpearía a la serpiente, el “Diablo y Satanás” (Apocalipsis 12:9)?  Como si lo ya vivido fuese poco Adán y Eva se enfrentaron a nuevos niveles de degradación humana.

Génesis 4 narra la historia del primer asesinato.  Antes, el pecado se había manifestado en la forma de rebelión, vergüenza y miedo, ahora el celo y envidia se añaden a la lista.  Caín había traído su mejor ofrenda a Dios, pero no había traído lo que Dios pedía, como si un profesor pide a sus alumnos traer de tarea las tablas de multiplicar escritas en un cuaderno, y yo me presento con una hermosa poesía.  Por más inspiradora que ésta sea, de nada sirve para los motivos de la clase, y obviamente afectará mi calificación.  Dios trató de dialogar con Caín, “Si hicieras lo bueno, ¿no serías enaltecido?; pero si no lo haces, el pecado está a la puerta, acechando” (Génesis 4:7).  Se dejó llevar por su enojo e incluyó la violencia y la muerte a la lista de síntomas de pecado.

De generaciones subsecuentes las Escrituras indican “que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de su corazón solo era de continuo el mal” (Génesis 6:5), e insiste que “la tierra se corrompió delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia” (Génesis 6:11).  Dos veces se hace referencia a la violencia de la tierra, como la evidencia más contundente de la bajeza del hombre.  Pareciera que todos los sentimientos ajenos a la cultura del cielo desembocan en violencia; la rebelión, la vergüenza, el miedo, el celo, la envidia, el enojo.  No se requiere mucho para enseñarle a un bebé o un niño pequeño a golpear a otro niño, y sin embargo se requiere, para algunos, de casi una vida entera para aprender a contenernos, pues aunque llega un punto en el que no agredimos físicamente, aún continuamos haciéndolo verbal y emocionalmente.

Con razón Dios se vio en la necesidad de acortar la vida del ser humano, primero impidiéndole que tuviese acceso al árbol de la vida (Génesis 3:22), y luego acortando sus años, de vivir siglos a, en ese entonces, ciento veinte años (Génesis 6:3; más adelante la Escritura dice: “Los días de nuestra edad son setenta años. Si en los más robustos son ochenta años,” Salmo 90:10).  ¿Te imaginas cuál sería la condición de nuestro mundo si personas como Nerón, Adolfo Hitler, Osama Bin Laden viviesen seiscientos u ochocientos años, o que quienes han vivido bajo sistemas opresores tengan que sufrirlos por tanto tiempo?  Aún aquí se puede percibir la misericordia de Dios.

A pesar de nosotros mismo, Dios insiste en salvarnos.  Siguiendo el dolor del asesinato de Abel y la huida de Caín, Set y sus descendientes toman la batuta de quienes deciden ser fieles a Dios.  A pesar de la degradación moral del ser humano, Dios escoge a Noé para ser el portador de su promesa.  Después del diluvio, es Abrahán quien se convierte en el depositario de los planes que Dios ha establecido para la salvación del ser humano.  En medio del caos que el ser humano produce sobre sí mismo, Dios mantiene un rayo de luz que infunde esperanza.  En la escena donde Dios le pide a Abrahán sacrificar a su hijo, el de la promesa, Abrahán confiesa: “Dios proveerá el cordero para el holocausto” (Génesis 22:8), lo cual así hizo al “dar su vida en rescate por todos” (Mateo 20:28).  Sin merecerlo Dios, en una acción unilateral, de iniciativa únicamente propia, “llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, […] fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, […] Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros(Isaías 53:4-6).


Con obvia resistencia, pues la historia así lo declara, Dios hace uso de personas indignas, pero dispuestas, para mantener encendida la llama de la esperanza para el hombre.  A Jacob, después del terrible engaño en contra de su padre y su hermano Esaú, y después de haberse arrepentido Dios le confirma, “todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente, pues yo estoy contigo, te guardaré dondequiera que vayas” (Génesis 28:14-15).  Claro, debió enfrentar las consecuencias a sus acciones, pero aún allí, la misericordia de Dios se hace presente.  Misericordia que, aunque a veces velada, como en el caso de José que fue vendido como esclavo por sus hermanos, a su tiempo se revela y demuestra que, aunque por momentos dudamos de Su presencia, Dios está al control.  José dijo: “no me enviasteis acá vosotros, sino Dios” (Génesis 45:8).