viernes, 31 de julio de 2015

Los exiliados como misioneros

Ya cien años antes se había sentenciado las condiciones en las que viviría Daniel.  El profeta Isaías había advertido a al rey Ezequías que “vienen días en que será llevado a Babilonia todo lo que hay en tu casa” (Isaías 39:6).  A pesar del glamur que se debiera experimentar al vivir en el palacio, las condiciones que rodearon a Daniel no fueron del nada óptimas: era un cautivo, en tierra pagana, presionado a adoptar las costumbres locales al punto que hasta su nuevo nombre, Beltsasar, evocaba al dios de los babilonios.  Eso sin contar que su función, dentro de la cultura a la cual era sometido, incluía ser mutilado para ser contado con los eunucos de la corte.

Si lo pensamos bien, Daniel tenía suficientes motivos para dudar.  ¿No era su Dios más poderoso que el de los babilonios?  ¿Cómo podría testificar de un Dios cuyo pueblo había sido derrotado y tomado cautivo?  ¿Cómo explicar que Jehová era más poderoso que Marduk?  Y sin embargo, su fidelidad y ética profesional fueron claramente percibidas y públicamente reconocidas identificándolo como alguien con un “espíritu superior” (Daniel 6:3).  Daniel tuvo la virtud de elevarse por sobre las condiciones que lo rodeaban y, antes de ser definido y moldeado por ésta nueva dinámica de vida, ser él, confiado en las enseñanzas de su religión, quien definiera el contexto (Daniel 1:8-21).

Tal vez a nuestro criterio, a Daniel se le presentó una oportunidad inmejorable para elevar su estatus en el palacio y tener acceso a mejores oportunidades de calidad de vida.  Hasta ese momento, es un novato que no siquiera aparece en el radar del rey.  Bajo la presión de ser condenado a muerte junto con todos los demás consejeros del rey, Daniel se presenta en la corte con el sueño y su interpretación.  El rey pregunta: “¿Podrás tú hacerme conocer el sueño que vi, y su interpretación?”  Si Daniel contesta con un simple “sí”, fácilmente tú y yo lo habríamos justificado.  ¿No es él quien trae tal información?  Y sin embargo, su respuesta es: “l misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey.”  ¿En qué está pensando?  Pero continúa: “Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios” (Daniel 2:26-28).  Contrario a la lógica humana, el cumplimiento de una misión, el éxito, el sentimiento de satisfacción personal no está atado a la cantidad de reflectores, aplausos o reconocimientos públicos que podamos obtener.  Daniel mismo se descalificó para tal tarea, y es esa misma actitud, característica de un espíritu superior, la que lo calificó para ser el personaje de tanta influencia en Babilonia y Persia, y lo adecuó para ser elegido por Dios como profeta.

Sería injusto definir una fórmula estricta para el éxito.  No me refiero a la ética, el esfuerzo y la moral.  Éstas son constantes.  Pero me refiero al cómo.  En seminarios y ponencias somos expuestos a un sinfín de estrategias de cómo superarnos y escuchamos y motivamos a través de las experiencias de otros.  Aunque estos seminarios y ponencias tienen su lugar, es necesario también entender que hay otras variables que deben ser consideradas tales como lo es la personalidad.  Aunque Daniel fue abierto en su religión, y público en su adoración a Dios, Ester fue más discreta y privada en éstas cuestiones.  ¿Es uno mejor que el otro?  Concluimos que no.  1 Corintios 12 tiene una bien estructurada explicación de cómo cada quien cumple una función definida en el servicio a Dios.  Y así como sería injusto pedirle a la mano que se comporte como un pié, es injusto cuando tratamos de uniformar a todos bajo un solo “cómo”.  El mensaje de Daniel desemboca en el establecimiento del reino eterno de Dios (Daniel 2:44 y 7:14), mismo reino del cual tú y yo predicamos (Mateo 24:14-16) dentro de urgencia sugerida por el mensaje de los tres ángeles en Apocalipsis 14.  Esa es una misión que todos compartimos.  Poro el cómo lo haremos, cada quien fue provisto con las herramientas y personalidad para ser efectivo en su radio de influencia.